¡Ay de aquellos!

Sí, de esos envalentonados ignorantes que se creen la gran cosa, porque durante las corrientes de vida que cursan, se les ha permitido disfrutar de ciertas condiciones económicas y sociales.

 

Jamás reparan los mismos, en que todo se les puede derrumbar de repente; que hasta  una simple bacteria de origen aún desconocido para la ciencia,  puede comenzar súbitamente, y sin explicación alguna, a destruirle el propio organismo físico, creando un escenario calamitoso, de donde lo más probable es, ¡que no se regrese!

 

Dejan muy de lado el pensar en que, siempre hay que sembrar para recoger luego; y que, los tipos de frutos a segar en el futuro, siempre estarán en función de los procederes que se asuman hoy; que los mismos entonces, tendrán un tintado característico, como reflejo de la humildad, el amor incondicional, o del egoísmo desaprensivo, aun no sea total, que envuelvan las acciones humanas que se hayan llevado a cabo.

 

¡Ay de aquellos!, que se atreven a desafiar los mandatos de la Madre Naturaleza; que desconocen por lo regular cuán pesadas suelen ser sus respuestas, una vez que nos inclinamos por retarle; por hacer caso omiso a sus prescripciones.

 

Muchos son los que ignoran que, el Universo no sólo fue creado para ser habitado por los seres humanos.  Esos solamente constituyen una especie más.  Los hombres (general) tienen  compañeros inferiores en  términos evolutivo, con una misión también divina a cargo, que se deben cuidar y proteger con esmero: los animales, para que sigan avanzando en el sendero, y logren escalar hasta la posición en que hoy se encuentra la gente, que por igual, perteneció a ese conglomerado con anterioridad.

 

¡Ay de aquellos!, desconocedores por completo de la verdadera esencia de las personas, como de todo cuanto existe sobre el planeta Tierra – espiritual -; pues, tampoco se preocupan por indagar sobre ella, y siguen con sus desaprensiones acostumbradas.

 

Se conforman nada más con lo que hay; lo logrado, como lo apetecido en el sentido de las cosas materiales, sin reflexionar en lo efímeras que pueden ser; en que todo lo obtenido de esa índole, luego se convierte en mera vanidad, y gran aflicción de espíritu, como bien está señalado por el Predicador, en el libro de Eclesiastés, Sagrada Biblia.

 

En el tenor del amplio sentido de lo que aquí se trata, y particularizando ya sobre el aspecto de los animales, ¡se es más irracional que ésos!, cuando a tales indefensas criaturas se les mata sin piedad alguna. También, se le debe considerar, tan homicida, criminal malvado, como aquel que lo hace a una persona, que merece ser condenado a prisión.  La gente tiene mayor capacidad de defensa.  Los cuadrúpedos por regular, siempre están a expensas de su suerte, de que los humanos se conduelan de ellos, ¡como tiene que ser!, eso último.

 

Por tales motivos, el que no es capaz de cuidar y proteger a los animales, segándoles la vida, muchas veces por descuidos, desamor, o crueldad hacia los mismos, por igual merece ser procesado judicialmente, y encarcelado, con penas de consideración, para que otros inconscientes obtemperen y cambien de actitud.

 

Evidentemente, el deleznable proceder de maltratar y quitarles la vida a los animales, que no son para la dieta humana (discutible eso último), evidencia muy poca expansión de conciencia, en términos de la espiritualidad esotérica.

 

Se desconoce por lo regular, la procedencia humana inmediatamente inferior, procede reiterarse; y que además, el no observar el comportamiento debido con relación a los mismos, genera situaciones kármicas punitivas, a conquistar en lo inmediato, o después, ya sea de manera directa, o a través de algún ser querido muy cercano.

 

El nivel de inconsciencia humana en tal sentido es tan grande, debido a las actitudes egoístas de muchas personas, que hasta se molestan cuando otro congénere se comporta de manera diferente, alimentándoles o proporcionándoles medicamentos; al igual que, facilitándoles atenciones facultativas a determinados cuadrúpedos.  Tampoco les gusta mucho, el que se dé de comer a las aves hambrientas.

 

¡Oh Dios! ¿Por qué ser así?, más irracionales que los mismos animales, a los cuales se les veja,  maltrata, y hasta se les quita inmisericordemente la vida, cuando antes se fue igual que ellos.

 

El autor es un humilde servidor, ¡y nada más!

 

 

 

Rolando Fernández

 

 

 

 

 

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