¿POR QUE AHORA?

No obstante el impacto de consideración en todos los ordenes, producido por el terremoto de insólita magnitud que azotó el hermano país de Haití recientemente, y que es indudable   debe mover a la más alta conmiseración,  por razones de carácter puramente humanitario, independientemente de nuestra simpatía o no, por aquel país empobrecido, de raza negra y atrasado, como es natural, resulta muy chocante ahora esa  actitud de colaboración y de aparente sentimiento de solidaridad  que se ha volcado con extrema agudeza y amplia cobertura sobre esa República, cuando esos ímpetus de apoyo oportuno y reconocimiento de hermandad,  fueron tan ignorados en el pasado.

Es obvio que los niveles de destrucción, tristeza y dolor  que allí se registran han conmovido a la comunidad internacional. Pero, hay que preguntarse: ¿Se estará actuando  por puro amor; inducción inescrutable por el hombre común; o, deseos de sobresalir y figurar en las pantallas de televisión?

Todo sabemos que ese es un pueblo que siempre ha requerido el mismo sostén solidario, aunque quizás en menor grado, por su condición de pobreza extrema y de marcada insalubridad, posiblemente ocasionadas en parte, por el aislamiento y separación a que ha venido siendo sometido, por motivos étnicos /racial y hasta religiosos. “Son negros, feos y su religión es el vudú”,  es una de las expresiones que se escuchan en su contra.

Ahora, si analizamos con espíritu de frialdad y mente  reflexiva la ocurrencia del fenómeno, se torna digno de mucha atención e inquietud el hecho de que la parte mayormente afectada por el sismo no fue la ocupada por la población más paupérrima de ese país, sino aquella en que residían y se desenvolvían los segmentos sociales más pudientes y dominantes de esa sociedad, incluyendo la clase política electa.

Allí se concentraba un grupo seleccionado  de personas, tanto nacionales como extranjeras, y el era el lugar de mayor contacto con el exterior, en el que se recibían, y desde donde salían todas las cosas posibles, en actividades de  intermediación comercial de los diferentes rubros de consumo y utilización, por una gran parte de la población occidental.

Lamentablemente, mucha gente perdió la vida como consecuencia del desastre acaecido, mientras otros han quedado mutilados o con traumas mentales, que son las cosas más penosas, ya que lo físico se reconstruye. Había pobres y ricos en el conjunto, que vivían allí, o que se encontraban   en el lugar por circunstancias diversas,  La catástrofe que se produjo dejó pérdidas humanas y daños muy significativos a considerar; pero, no nos queda otro camino ya que aceptar los hechos consumados.

Se  puede afirmar, sin temor a equivocarnos, que el tema haitiano relativo a esa tragedia de orden natural, será objeto de análisis y cuestionamientos durante muchos años; pues, para poder arribar a conclusiones más o menos aceptables, habrá que ponderar variadas causas posibles, y no solamente las que puedan haberse originado por fallas tectónicas, con efectos predecibles y verificables después, quizás, por parte de los profesionales en el ramo.

Decimos esto porque, partiendo del como y donde golpeó específicamente con mayor intensidad el sismo, de los daños que hayan podido causar a nivel de otras naciones las actividades cuestionables que allí se llevaban a cabo libremente, como de la depauperación descuidada de una gran capa social de ese pueblo, marginada a lo interno  por sus seudos autoridades, mismo que a lo externo por la comunidad internacional; del respaldo y solidaridad extrema de esta última, a raíz de los hechos catastróficos consumados, como de las tantas promesas de ayudas y concesiones, la condonación de deudas, etc., al igual que de la voluntad de todos por colaborar, se abre un espacio de reflexión profunda, que probablemente nos llevará a preguntarnos, por qué, realmente, se produjo esa situación de descalabro tan alarmante en el hermano país de Haití.

En ese tenor,  tenemos que plantearnos una amplia interrogante: ¿Se tenía que producir un fenómeno natural de tal magnitud, para que los poderosos se decidieran a tender sus manos en favor de la nación más necesitada del Hemisferio Occidental; para que se produjera una expansión de conciencia, en el sentido de que el Sol sale para todos, sin distingo alguno de raza o color; o, que el contenido de alta significación que envuelve una de las frase del Mahatma Gandhi, “El que retiene algo que no necesita es igual a un ladrón”, calara en las adineradas rocas portentosas que aspiran a tenerlo todo y conservarlo en su seno, derivándose así el efecto positivo de tal aseveración?

La Naturaleza es infalible y sabe muy bien, como, cuando y donde pasar factura; llamar a la reflexión a los seres humanos, cuando estos egotistamente se creen dueños absolutos de sus actos, y dan riendas sueltas a su relativo libre albedrío “tentatorio”.  También, invitarles sutilmente a verse en los espejos ajenos; asimilar las experiencias aleccionadoras que se dan en su congéneres, para que revaloren actitudes y reconsideren comportamientos contrarios a su verdadera esencia espiritual.

Se señala, con sobrada razón, agregaríamos nosotros, que “nada es casual, sino causal”, lo cual significa obviamente que todo cuanto ocurre no es más que el efecto provocado por causas específicas.  La misma ciencia así lo ha comprobado y lo establece como ley, “No hay efecto sin causa”.  También, todas las filosofías espirituales/religiosas, exceptuando alguna, lo que podría confirmar la regla, como se dice,  están de acuerdo con una de las máximas ortodoxas de mayor significación, que reza: “Ni una hoja de un árbol se mueve sin la voluntad de Dios”.

 Lo expresado en el párrafo anterior deja entrever con claridad, que nada es accidental; y, con  la aseveración última, principalmente,  que muchas veces las reales causas de los hechos terrenos que ocurren,  se encuentran registradas y latentes en el Universo inmanifiesto, a la espera del momento oportuno y de las condiciones propicias para manifestarse, a través de un determinado ordenamiento físico. 

El caso haitiano, entonces, podría estar envuelto  en ese complejo contexto; y por  consiguiente, al ser un suceso además de tanta connotación,  trascendencia y despertar de voluntades, nada puede ser marginado;  y, necesariamente,  también tendría  que ser visto y analizado para el logro de razonables conclusiones, en el orden de lo esotérico como complemento,  y no solo a partir de una falla tectónica, considerada accidental.

Rolando Fernández

Adecentar en medios

Aunque este es un tema sobre el cual se ha hablado bastante,  sin recibir la atención debida hasta el momento, nosotros creemos que vale la pena el seguir insistiendo sobre la problemática de que se trata, por lo insoportable que ya se torna, hasta que las autoridades competentes del país, por el bien de la niñez y de la juventud dominicana, se decidan a velar fielmente por la adhesión a las normativas que rigen sobre el particular, incluso de origen constitucional (Art. 8, de la Constitución de la República, que estipula la libertad de expresión;  pero, sin atentar contra la moral y las buenas costumbres), al  tiempo que se adopten las medidas correctivas que resulten pertinentes, en los casos de la no observación que se registra a diario en los medios radiales y televisivos de la Nación.

Es muy lamentable que se haya convertido en una práctica, que algunos  incluso entienden ya como normal, el hecho de que determinados comunicadores y periodistas nuestros utilicen términos soeces, vulgares y degradantes, cuando hacen uso de la radio o la televisión durante la realización de sus labores cotidianas.

 Pero, más doloroso aun resulta, cuando reparamos en que, parte de los que así proceden, son profesionales duchos, de sólida formación y amplio ejercicio, que no deberían jamás recurrir a ese tipo de herramientas tan dañinas para tratar de captar la atención del público, partiendo de que eso es lo que le gusta a la gente, debido al descalabro moral casi generalizado que viene experimentando esta sociedad, como quizás se cree.

Craso error, ya que esos así pensantes, son personas con capacidad suficiente para lograr una inmensa cantidad de receptores de sus mensajes, comentarios e informaciones, en base a la calidad del trabajo  que pueden hacer, amén de que aquí no todo está perdido; pues aun quedan algunos de consideración, quienes no gustan de esas barbaridades amorales que se expresan.  Todo lo contrario, con actitudes de esa naturaleza, lo que se hace con regularidad es excluir radioyentes y telespectadores.

Muchos de nuestros comunicadores y periodistas se quieren  hacer sentir en base a sus vozarrones altaneros, sus ímpetus agresivos, las palabras impropias, etc.; y eso no es hacer periodismo puro, y menos comunicación de altura.  Es más bien suplantar ejercicios tan loables, cuando se llevan a cabo con profesionalidad, oportunidad, imparcialidad y ética debidas; como hay también aquí, quienes  lo hacen de esa manera.

Evidentemente, algunos de esos personajes osados e incalificables, de ordinario fungen como mercaderes de información, y cajas de resonancia de determinados grupos económicos o políticos, y usan los micrófonos como las pantallas de televisión, no para informar o comentar, sino para lisonjear, y en contra de…  Pero, eso no es óbice  para que los organismos competentes  actúen en  consecuencia, cuando  se vulneren los cánones morales más elementales de la sociedad, como ocurre con frecuencia en el país.

Por otra parte, si nos vamos al ámbito de la programación televisada, en términos generales, encontraremos que ahí sí es que hemos degenerado en grado sumo.  Vulgaridades al por mayor; falta de ética y profesionalidad en todos los ordenes; seudos productores y presentadores/oras, con vestuarios indecorosos, más que cuestionables en su accionar ante todo público, sin reparar en horarios, ni televidentes posibles, solo  alienando mentes jóvenes e  induciendo a la prostitución femenina, como al “bisexualismo”, y nada dicen las autoridades al respecto.

De igual forma, la presentación de todos esos programas enlatados y dirigidos, que se importan sin control alguno, cuyos contenidos incitan a la violencia y al uso de sustancias prohibidas, como a la emulación directa del quehacer predominante en algunos de los detestables suburbios norteamericanos, o ciertos barrios de gente acomodada, en ese gran país del norte, considerados los mejores escenarios para la filmación de series televisadas o películas individuales; eligiéndose además,  como componentes del guión  preferido, los consumos o adiciones, el mercadeo de drogas, la violencia y la cultura de los tatuajes, entre otros.

No cabe dudas, de que urge ya adecentar determinados comportamientos inadecuados que se observan en esos medios de comunicación dominicanos, como la exigibilidad en cuanto a   tener que discriminar sobre los programas  aptos o no, previo su a presentación,  asuntos muy preocupantes por cierto,  pues  se dejan de lado en ocasiones, lo que ha venido    generando toda esa panorámica amoral que se verifica a nivel de los mismos, ocasionando probablemente daños psicológicos en los segmentos más jóvenes de la población, que podrían  resultar irreparables más adelante, de continuar las cosas como están. 

Esa es  la razón que mueve a una gran parte de las personas sensatas con que cuenta aún la República, a preguntarse ¿Dónde está la famosa Comisión de Espectáculos Públicos y Radiofonía, adscrita a nuestra Secretaría de Estado de Cultura?  En el mismo orden, se explayan diciendo: “necesariamente tenemos que volver aquí a los tiempos de doña Zaida Lovatón”.  De lo contrario, agregamos nosotros, seguiremos siempre cuesta abajo.

Rolando Fernández

NUESTRO UNICO EQUIPAJE

Nada nos cuesta el pasaje de regreso; tampoco tendremos que pagar sobrecargo, por el tipo de equipaje que llevamos. Sin distingo de color, sexo, raza o condición económica, lo que sí va, seguro,  es el viaje, dejando atrás todo lo que es finito, que luego habremos de extrañar mucho, si no hemos procedido con la actitud de desapego total debida hacia las cosas materiales, que solo satisfacen necesidades físicas y nos proporcionan medios de interacción social durante el tránsito terrestre, cuando no se tienen en demasía; porque, de ocurrir así, entonces acarrean además, estorbos y preocupaciones que pueden incidir sobremanera en las condiciones de salud necesarias para un disfrute pleno de la existencia, y posiblemente, hasta acelerar el proceso de retorno a nuestra “villa esencial”.

Sin lugar a dudas, en el mismo instante en que nacemos comienza el viaje de partida. ¿Hasta cuándo habrá de durar la estadía?  Eso no es del conocimiento de nadie en términos humanos; como tampoco lo es el propósito de la misma.  Solo se sabe que hemos llegado y que un día, a una hora específica, desconociendo incluso las circunstancias, que podrían ser paulatinas, sorpresivas, solos o acompañados, se habrá de partir inexorablemente del plano terrenal, tal cual vinimos a él, sin equipaje material alguno.  Nada más, con el prontuario de las obras realizadas durante el paso por ese tramo de aquel algo infinito, o medio temporal de Expresión, denominado “vida”; y, probablemente también, con el cumplimiento parcial o total del Plan Divino dispuesto previamente para esa corriente existencial física, que termina de momento.

Nuestras acciones y actitudes durante el tránsito terrenal podrán ser catalogadas, siempre de acuerdo con el criterio de los humanos, como positivas o negativas; pero, ocurre que, al margen del libre albedrío relativo que se nos dispensa como espíritus encarnados, créase o no, nada ocurre en nuestro mundo por pura casualidad o accidente, sino que todo obedece a una Voluntad determinada de Expresión Divina, inescrutable en cada caso, por lo que nadie está en condiciones de juzgar, y mucho menos, dar riendas sueltas a las críticas alegres,  sin el conocimiento de  causas muy superiores, que comúnmente inciden en los actos de los hombres.

Tampoco, en ese  mismo orden, sin considerar los postulados de la llamada “génesis condicionada”, una de las columnas principales de la Filosofía Budista, según Walpola Rahula, en su obra “LO QUE EL BUDDHA ENSEÑO”, que bien podría tener aplicación a nuestro juicio, cuando de evaluar acciones  y actitudes  personales se trata, ya que  la misma se refiere al carácter de relatividad   atribuible a muchas cosas acaecidas, que bien podrían justificar la necesidad de su ocurrencia: “Cuando hay esto, hay aquello.  Al surgir esto, surge aquello.  Cuando no hay esto, no hay aquello.  Cuando cesa esto, cesa aquello”. Luego, no se puede obviar esa reflexión complementaria al calificar algo. Podemos inferir además, que no siempre las cosas se llevan a cabo  por querer hacerlas; se inducen en ocasiones, o están justificadas en muchos casos, por razones valederas. 

Sí puede pasar, como de hecho ocurre con cierta normalidad, que  se nos permita olvidar nuestro papel de  simples actores  en la materialización de una Idea Suprema determinada, y que haciendo provecho del libre albedrío de que disfrutamos, canalicemos  indebidamente la Energía Divina,  para que cuyo efecto nos sirva como lección de concienciación proveniente de la misma Presencia Interna, que rige todo nuestro accionar,  al tiempo de hacernos acudir a Ella en pos de instrucción y del conocimiento pleno de  su Realidad.

El mal uso de la Energía Divina, que como dijimos anteriormente se nos permite con propósitos dados, de ordinario nos inclina hacia comportamientos que no se corresponden con el Plan de la Divinidad, y que a la vez nos animan a agenciarnos la obtención de símbolos materiales de poder, que evidentemente  van desvirtuándonos más y más, y convirtiéndonos en seres perfectos e imperfectos al mismo tiempo, con su secuela expiatoria, obviamente, condición esa que debemos reducir a los primeros, para el viaje de regreso definitivo.

Es en ese contexto  pues, que debemos ir reflexionando desde que comenzamos a tener uso de razón, para  planificar lo que habremos de hacer y como actuar durante el tránsito terrenal que nos pueda esperar, procurando la orientación Superior que siempre habrá de llegar desde dentro de nosotros mismos, sin desdeñar, cuestionar o tildar nada de maligno,  respecto de los hechos o situaciones que se presenten, cuya finalidad desconocemos en el orden de lo espiritual propiamente. 

Somos en verdad espíritus encarnados  – suficientes comprobaciones hay sobre eso ya – pertenecientes al mundo inmaterial o universo inmanifiesto, por lo que debe ser nuestra preocupación primaria la de proceder en correspondencia con esa naturaleza esencial, y acatar sin temor alguno la dirección de lo Alto. “Estad quietos y conoced que yo soy Dios”. (Salmo 46, vers. 10).  La quietud se refiere a tranquilizar nuestra mente, el aguijón por excelencia que alimenta el ego humano, neutralizándolo, a fin de que  puedan fluir los mensajes de instrucción u orientación Divinos que se deban recibir.

 Según lo dicho precedentemente, se puede aseverar que, producto de la inconsciencia generalizada en cuanto a nuestro verdadero rol mundanal, y la forma en que es administrado por parte de la Divinidad Suprema, si es que cabe el término, el proceso de evolución espiritual que debemos llevar a efecto los seres humanos, en consonancia con el uso correcto de la Energía,  es que resulta tan chocante para cualquier persona en capacidad de reflexionar sobre la existencia física de los hombres y el propósito real inherente a la misma, la propensión tan marcada que se observa en la gente de estos tiempos hacia la suntuosidad, la tenencia de bienes materiales y la acumulación desmedida  de los dineros que se tienen.  ¿Es que acaso no se piensa en la transitoriedad de la estadía terrena?  ¿Para qué acumular tanto?  Todo lo excesivo estorba.

Las tantas cosas materiales en nada enteramente positivo benefician; solo nos sirven para disfrutes momentáneos, y mantener estatus impresionantes, como alimentar nuestro falso ser; ese ego  inferior que nos arrastra hacia muchas situaciones funestas, y que jamás proporciona la  paz y el puro amor que tanto necesitamos.

Siempre deben ser los nortes el satisfacer las necesidades propias y deberes con los demás; procurar sabiduría y virtud; la expansión  debida de  conciencia, como también evitar todo lo superfluo, para que el viaje de regreso o transición, mal llamado muerte, nos llegue llevando tan solo consigo un ligero equipaje, contentivo del prontuario de las buenas obras terrenas realizadas, principalmente, y el cumplimiento de Expresión Divina correspondiente. De esa “Mi Idea de Mí Mismo EN EXPRESION en un nuevo estado o condición, que tú llamas vida terrena”, según señala Joseph Benner, en su obra “La Vida Impersonal”, que muy bien se colige de una de las máximas bíblicas de mayor trascendencia y significación: “En el principio era el Verbo,  y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”, (Sagrada Biblia: Juan, Capítulo 1, vers. 1).

Rolando Fernández

ESCASA URBANIDAD NACIONAL

Cuan doloroso resulta para cualquier dominicano sensato, el  reparar sobre la pérdida  de la identidad que ha venido sufriendo una gran parte las personas que conforman la sociedad dominicana, ostentada en su mayor  grado por la población más joven, como consecuencia de una modernidad mal asimilada, producto de la incapacidad  reflexiva, como de una penetración cultural alienante que ha encontrado como caldo de cultivo muy favorable la degeneración de valores en el seno de la que debe ser la célula de formación por excelencia: la familia.

Dentro de las cualidades más relevantes de nuestra gente estaban su alto sentido de urbanidad y de respeto por los símbolos patrios, concepciones que han ido desapareciendo al mismo compás con que nos penetran esos ritmos musicales sincopados modernos, tan dañinos y degradantes muchas veces, que han borrado casi por completo del acervo cultural nacional, el merengue autóctono dominicano. 

Los buenos modales y la cortesía constituyen ya excepciones a nivel de las personas que interactúan ocasionalmente durante el día; en  las que comparten actividades laborales o de otra índole; o, aquellas que accidentalmente se encuentran en pasillos, ascensores, lugares de expendio de comestibles, etc.  De ordinario, esos gestos solo se observan cuando se está en presencia de alguien que representa poder o autoridad, dentro de conglomerados específicos de personas, como son: académicos, religiosos, militares, ente otros. En el  trato corriente con los demás, la delicadeza y la afabilidad, sin distingo de sexo o edad,  lamentablemente, han pasado de moda.

Según una concepción de aceptación generalizada, la urbanidad es algo que debe comenzar a cultivarse en el seno de la propia familia, en el marco de la interacción padre-madre-hijos, haciéndola extensiva hacia todas las personas relacionadas con los mismos, dentro del entorno en que se conviva, la cual  va quedando gravada normalmente, como una especie de  impronta mental individualizada, que habrá de manifestarse con posterioridad en favor de todos, cuando se produzcan las integraciones debidas  a la sociedad, en su conjunto generalizado. 

Pero, ocurre que hoy en nuestro país, se ha roto con ese loable esquema; pues, los padres  comparten internamente muy pocas horas al día, con frecuencia las nocturnas, ya agotados por las tareas diarias, cuando la voluntad desaparece; y los hijos, por tanto, reciben la mayor parte de su formación a nivel de grupos colegiales, bajo un mismo patrón instructivo, muchas veces importado, aunque estén conformados por castas diferentes.  De regreso a casa, se convierten entonces en víctimas de una nociva programación televisada, con la que son bombardeados a cada instante, ya que aquí los controles de rigor escasean, como las lluvias en el verano.  Esa es una cruda realidad.

Evidentemente, no obstante  la importancia de la formación hogareña, tanto en términos “físicos como espirituales de un hijo traído al mundo”, cuya responsabilidad compete directamente a los padres, y que según la intuitiva médica Caroline Myss, en su obra “Anatomía del Espíritu” (pág. 96), “es aceptada por éstos a través del sacramento del bautismo”,  los comportamientos afables, como las actitudes acorde con la buena educación y el respeto por los demás,  también pueden ser comprendidos  muy bien por medio de una pequeña reflexión sobre el significado de la denominada “Regla de Oro”, llamada así por los orientales: “Tratar a los demás como tú quieres que te traten a ti”.  ¿Luego, si es algo tan sencillo y lógico, por qué no adherirse a la misma?  ¿Por complejos, egotismo o creencia de superioridad?  Craso error, e inducción al autoengaño y sus secuelas, muy  dañinas por cierto, estas últimas.

En el tenor de lo que se trata, esta Nación vive en estos tiempos momentos que requieren de mucha urbanidad para resolver en gran parte  la problemática generalizada que le afecta.  Dijo San Francisco de Asís: “La cortesía es hermana de la caridad, que apaga el odio y fomenta el amor”. Lo cortés es parte de la urbanidad, y nuestras tenencias son, entre otras cosas,  bastante odio y poco amor.  Reflexionemos un poco en tal sentido.

Dada la descomposición familiar presente nuestra, originada en diversas causas, a  veces ineludibles, por razones de supervivencia, o conservación de estatus social;  la falta de capacidad reflexiva, como el marcado grado de inconsciencia en todos los órdenes por parte de la población, cada vez en aumento, nuestras autoridades en materia de educación tienen necesariamente que abocarse a tratar de cubrir esa ausencia de instrucción en el seno de la célula primaria de la sociedad, reintroduciendo a nivel de la enseñanza básica algo similar a la asignatura denominada “Moral y Cívica”,  del ayer, aun sea rediseñada con temáticas acorde a los nuevos tiempos, pero con la obligatoriedad de otrora, como parte de las medidas pertinentes que se deben aplicar, si es que aspiramos a lograr cierta regeneración social en un futuro no muy lejano.

Rolando Fernández

EDUCANDO PRIMERO

En todo país en que existan reales aspiraciones de desarrollo, la educación debe ser una condición obligada, un reto ineludible, de alta prioridad estatal; jamás supeditado a pareceres grupales alienantes, y mucho menos a intereses particulares de índole económicos propiamente.

Las mayores responsabilidades en tal sentido competen entonces a los gobernantes de turno, que deberían ser ante todo rectores, en cuanto al  interés público nacional, y no cabezas representativas de sectores oligárquicos locales o extranjeros, como de agrupaciones políticas normadas por actitudes de provechos individuales.

La educación tiene que ser planificada y dirigida al margen de todos los aprestos políticos y económicos-mercuriales, cuando en verdad se esté pensando en el avance e independencia de las naciones; y, bajo ese tenor hacer fluir de forma consistente los recursos financieros requeridos; también,  que haya estímulos suficientes para el trabajo docente.

Los que allí se dediquen por entero a esa labor deberán hacerlo con abnegación, pensando en sus emolumentos, como es natural, pero también en el legado necesario y los requerimientos del relevo generacional inminente, para beneficio de la sociedad y futuro del país.  Eso, principalmente, a los niveles básicos, como sostén de un promisorio devenir académico más avanzado, luego.

Cuando se trata ya de estudios a nivel superior, las cosas se tornan algo más complejas, aunque obviamente, el personal docente tiene que proceder de igual manera. Eso es debido, a que aquí, los propósitos que impulsan a los profesores, se dividen entre aquellos que realizan dicha tarea por ser su fuente principal de ingresos; unos que lo hacen por sacerdocio puro; y, otros, muy pocos por cierto, cuya única intención es legar a la posteridad los conocimientos que han  adquirido, en base a la formación académica recibida, y las experiencias logradas través del ejercicio profesional.

Evidentemente, son esos últimos los  que más piensan en los derroteros del país de que se trate, en una  actitud muy loable y desinteresada, pues sacrifican parte de su tiempo en pos de la formación de aquellos que habrán de sustituirles en el mañana, como en la ampliación requerida de la oferta profesional existente.

Ahora, consideramos, que ese  es un deber también de todo profesional con experiencia y vasto ejercicio, colaborar con la formación disciplinaria de las nuevas generaciones, para que la sociedad a la cual se pertenezca no se quede rezagada, y por consiguiente, el país pueda avanzar.   Por tanto, no puede ser solo la voluntad de unos cuantos.

Vemos entonces pues, que la responsabilidad de la educación y de formación en términos profesionales de la gente envuelta, tiene que ser compartida, aunque el porcentaje más elevado corresponda al estado como Institución,  ya que  es este el que debe tener siempre a su cargo, de manera directa, el otorgamiento de las facilidades y los recursos económicos correspondientes, mismo que la supervisión de lugar, a todos los niveles.

De ahí que, también los profesionales duchos, con aptitudes para la enseñanza en sus respectivas áreas del saber, tienen la  obligación moral de transferir  conocimientos a sus potenciales reemplazantes, para la continuidad y evolución debidas, aportando así para el desarrollo futuro de los países en que convivan.

           NO PUEDE HABER DESARROLLO, NI PAZ, SIN EDUCACION.

Apliquémonos nosotros como República esa tesis, e introduzcamos las medidas y correctivos que resulten pertinentes durante el año 2010, que recién inicia, en relación con nuestro sistema vigente, a los fines de que esta Nación en verdad pueda avanzar e ir saliendo del analfabetismo, falta de conciencia ciudadana y limitaciones de formación que nos arropan cada vez más; que de ordinario se traducen en comportamientos impropios por  parte de segmentos significativos de la población, con efectos nocivos generalizados.

 Todos aquí, cuantos hemos tenido la oportunidad de interactuar con esa gran porción de la juventud dominicana que asiste a las aulas universitarias, peldaños hacia las áreas de servicios y aportes al país en general, conocemos de las características del maltrecho sendero de la educación nacional; de las debilidades de formación que arrastran nuestros futuros sustitutos, agravadas por el poco sentido de superación y responsabilidad que ostentan.

 Eso tiene que ser cambiado necesariamente, aportando cada cual la cuota que le corresponda.  De lo contrario, olvidémonos de desarrollo y paz; pues, ya es muy poco lo que va quedando de las generaciones de valía nacional.

Rolando Fernández