¡Qué declaración más alegre: actuar solo contra los linchamientos!

 

Siempre se ha dicho; “el que nada da, muy poco puede exigir”.  Es lo que está ocurriendo con los principales actores dentro del tren judicial dominicano, en términos de administración y aplicación de ese ejercicio a nivel local.

Ahora se está pidiendo que se actúe contra los linchamientos por parte de la población, con respecto a los infractores de las leyes agarrados in fraganti. “Los que cometan delitos”.

Y, la pregunta sería entonces, ¿por qué se pide en ese tenor el que se deje de actuar así, cuando no se ha venido procediendo punitivamente en el orden judicial, como bien es sabido, y desde las instancias correspondientes, tal es lo que debe ser, en todo el ámbito de ese poder del Estado nacional? Las víctimas que sigan aguantando, ¿verdad?

Según uno de sus más connotados representantes, el magistrado Alejandro Vargas, juez Coordinador de los juzgados, “las autoridades no han encarado de manera responsable y decidida el problema de los linchamientos por la población contra personas que cometen un delito”. (“El Día”, edición del 26-10-17, página 8).

Evidentemente, esa es una verdad de a puño como se dice. No se ha procurado tal acción, y eso llama a preguntarse, ¿por qué? ¿Será que se considera tienen cierta justificación, ante la apatía judicial fehaciente, cuando se producen hechos de naturaleza delictuosa o criminal, y se incoan en vano las acusaciones directas relativas, o se elevan las denuncias de lugar?  ¡Bien que de eso sabe el jurisconsulto de referencia! Las evidencias precedentes están de sobra, y no hay que ir muy lejos en el tiempo para verlas.

¿Qué es lo que dice la gente sobre el particular? “A qué voy a la Policía Nacional, para encontrarme de nuevo con el mismo antisocial que me asaltó, si es el caso, o que ultimó a algún familiar cercano para robarle”.

Se ríen allí de uno; y, cuando suelen actuar los agentes del orden público, a los pocos días el delincuente anda merodeando por el mismo lugar, y sacándole la lengua a los afectados, pues puede que salga libre desde el mismo destacamento que intervenga; o, que le llevan ante un tribunal de la Republica, donde lo primero que hacen es asignarle un abogado de oficio, para que le defienda y reclame su libertad. ¡De nuevo a la calle a realizar fechorías! ¿Y entonces?

Luego, la única alternativa que se le está dejando a la población, es que cada cual se tome la justicia por su propia mano, y procure linchar a cualquier delincuente de esos que pululan por nuestra calles y avenidas, asechando, o procurando penetrar en determinada casa-vivienda, o negocio también, para hacer de las suyas, cuando son sorprendidos in fraganti.

¡Muy lamentable esa cruda realidad!, que tantos la entienden por estar a la vista de todos, y debido a lo cual asombra, hasta cierto punto, ese pedimento del juez Alejandro Vargas, “pidiendo actuación contra los linchamientos”, conociendo él lo que en realidad ocurre, y los porqués   la población procede de esa manera. ¡Se siente desamparada!

Él está en un buen sitial, desde donde se podrían encaminar muchas acciones enmendatorias en el sentido de lo que se trata, para evitar el que la gente se incline por los linchamientos; que la justicia relativa toda funcione tal es lo que debe ser, de forma que los delincuentes no gocen de la cuestionada impunidad que se alega, y motiva.

Esa reflexión que se infiere de las preguntas que formulara el juez Alejandro Vargas, en el sentido de no ver a la población linchando a delincuentes de cuellos blanco, sino solamente al ladrón de un celular que es voceado por las calles, y que cuando es agarrado le entran de manera olímpica, no le luce muy acertada, o valedera.

Es muy probable que, con aquellos “magnates”, que los hay suficiente en el país, también ocurriría lo mismo, de ser factible claro; pero, ocurre que, las circunstancias no son las mismas. Los ladrones de cuello blanco andan rodeados de un circulo policial protector, y en jeepetas blindadas; no es gente solitaria de a pie, a la que se le puede entrar sin contemplación, de seguro con mayor justificación.

Si la población pudiera cifrar esperanzas de castigos en la justicia dominicana, los linchamientos no se produjeran, a nivel de los ladronzuelos locales (roba cadenas, anillos, celulares y carteras). Tampoco los “ladronzotes”, aquellos de cuello blanco y corbata, correrían peligros de ese tipo.

 

Autor: Rolando Fernández

 

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Una corriente de vida a cambio de otra. ¡Qué tan mal negocio!

 

Entre los impulsos de rabietas, con origen en los egos envalentonados de los hombres, se debe crear siempre un espacio de reflexión, previo a cometer cualquier homicidio en contra de algún congénere, por enfadado que se pueda estar; pues, al final de cuenta, viene a ocurrir lo sucedido con el caso: Blas Peralta-Mateo Aquino Febrillet: una vida a cambio de otra. Claro, jamás comparables en esta ocasión, en términos de lauros y aportes a la sociedad nacional.

El homicida de ordinario cambia su vida por la del afectado, cuando la justicia se pronuncia y da ganancia de causa a los familiares deudos, al condenar con una de las penas máximas establecidas por crímenes fehacientes, treinta (30) años de prisión, como rige en Dominicana, amén de las puniciones pecuniarias conexas en favor de los familiares afectados directamente, que también se dispongan, como en esta oportunidad.

Obvio, si la justicia no es ciega de un ojo nada más, como de común es lo que se estila en este país, y que parece ser, ante la presión social que recibiera con relación al evento que nos ocupa, se quedó sin visión en ambos, y dictaminó como procedía hacerlo.

Evidentemente, en el caso Blas Peralta-Mateo Aquino Febrillet, es lo que se ha verificado, tal se intitula: segada la corriente de vida del segundo, y recluido el primero en una cárcel de la nación, por un tiempo que podría representar el resto de sus días existenciales, tomando en consideración la edad cronológica del señor Blas Peralta, y los treinta años de cárcel que le fueron cantados.

Por qué no lo pensaría esta vez, antes de disparar, máximo cuando no se trataba un chofer o camionero, y en cuya oportunidad no se podría jugar con las leyes del país y las autoridades correspondientes; o, recurrir al poder económico disponible para intentar comprar una sentencia que le fuera favorable, ante la imputación de un nuevo crimen.

Habilidad suficiente para hacer negocios, presidir un sindicato de camioneros, y crear un monopolio para cargas locales la tiene ese señor; pero, no para salvaguardar su vida, y revestirla de paz y salud, como de proporcionar el sosiego debido a sus familiares y descendientes directos, que ahora habrán de sufrir bastante con su encarcelación durante tres décadas.

Tampoco ha reparado nunca en respetar el mayor activo de los demás, según ha trascendido: la vida. Se ha creído con derecho a disponer de ella a voluntad, la ajena, con el terrible karma que eso acarrea en el orden espiritual esotérico, amén del castigo mundano inmediato.

¿Y ahora que? ¿De qué le sirve cuánto dinero logró acumular dicho caballero durante sus connotadas andanzas? Otros deben reflexionar sobre ese despreciable comportamiento observado, hoy sancionado severamente. ¡Qué sirva de ejemplo pues!

 

Autor: Rolan do Fernández

Tremendos “socios”: tapones de vehículos y atracos a nivel nacional

 

Ahora sí que se completó el panorama tétrico de la inseguridad ciudadana en este país, Dominicana. Obligatoriamente, hay que desplazarse hoy entre los inmensos tapones vehiculares que a diario se forman; respirar la gran cantidad de monóxido de carbono que expelen los automóviles varados, o en marcha lenta; y, correr el riesgo de ser asaltado por los antisociales motorizados que circulan en los alrededores; incluso, tigueres de a pie podrían ser, que también se aprovechan de la oportunidad. ¿Quién sabe?

¿Y hasta dónde es que vamos a llegar? ¿Es que no hay forma de enmendar las situaciones dañosas que se vienen verificando localmente? Tanto de un lado, como del otro, los tapones de vehículos en esta nación, como la delincuencia a granel, son problemas que requieren de soluciones inmediatas; ser enfrentados con mano fuerte y voluntad política, para que esta República no acabe de colapsar, por dichas causas, entre otras, y que tantos ciudadanos después no se estén lamentando.

Ya el asunto de los asaltos no está supeditado a los sectores carenciados, o de clase media alta, sino que ahora abarcan cualquier punto de la geografía nacional; y, donde no se pueden repeler; estando las personas objeto sin escapatoria alguna, rodeadas de vehículos “atascados” en las vías públicas, por los taponamientos ordinarios, y  un delincuente apuntando con su arma de fuego, a veces hasta escoltado por otro “angelito” de igual ralea; ambos con el rostro cubierto, aunque  no siempre  Por tanto, solo queda un camino, ceder a sus delincuenciales peticiones, o arriesgarse a perder la vida.

Vimos recientemente lo ocurrido al señor Bolívar Díaz Gómez, director del periódico “El Nacional” , y a su esposa, en plena calle Rosa Duarte, dentro de un sector de gente pudiente, Gascue,  zona que se supone tener cierto nivel de vigilancia, por los allí residentes, como los importantes sectores aledaños, en que están localizadas incluso algunas dependencias oficiales. Sin embargo, ¡nada de eso importa!

Ya aquí los delincuentes se mueven con toda libertad por calles y avenidas. Le sacan la lengua a las autoridades del orden público, cuando no es que muchas de esas son parte de las “orquestas” de atracadores que operan.

Preciso es destacar que, según narrara una de las víctimas en esta ocasión, el señor Díaz Gómez, “20 minutos después volvió a ver al mismo asaltante en la avenida Máximo Gómez, entre la México y la 27 de Febrero, por lo que presumo que seguía detrás de nosotros”. (Periódico “HOY”, del 30-4-17, página 4ª). Significa que, ni el rostro tratan ya de ocultarlo.

Tremenda disyuntiva se presenta a las autoridades, en términos del combate a ambas problemáticas, por las implicaciones a la vista. ¿Cuál debe ser objeto de mayor ataque prioritario? Se diría, ¡qué deben ser ambas, de manera concomitante! Pero, es innegable que las dos tienen sus “bemoles”.

Presentan aspectos que pueden limitar las acciones combativas debidas. Para nadie es un secreto que los tapones vehiculares favorecen el alto consumo de combustibles, lo que, a su vez, como es obvio suponer, genera mayores ingresos para el fisco, por los impuestos aplicables. ¿Qué se puede inferir entonces?

En ese sentido, se producen a diario críticas a los agentes de la AMET, por entenderse que ellos los provocan adrede en algunas intersecciones, donde el flujo de vehículos es muy fuerte, y los semáforos allí instalados funcionan a la perfección.

Sin embargo, ellos los sustituyen, para entonces dirigir el tránsito medalaganariamente, provocando los desagradables taponamientos, como las “acres”, duras críticas, por parte de los conductores afectados. Quizás ahora dejen de hacerlo, para no facilitar los atracos motorizados de moda en los entornos.

Tal situación bien se puede apreciar en el cruce de las avenidas John F. Kennedy, y Abraham Lincoln, durante las llamadas “horas pico”. ¡Las quejas llueven, y nada se hace! Parecen burlarse los agentes asignados allí.

Por su parte, el problema de los asaltos, con ese escenario tan amplio que les favorece, presenta sólidas paredes, que lucen casi insalvables. En primer lugar, por cuánto ha crecido entre nosotros lo delincuencial, debido a las múltiples razones que no se quieren ver para tratar de evitarlo, y mucho menos enfrentarlo con firmeza, tales son las actitudes corruptas y despreciables inductoras de los de arriba, políticos delincuentes e impunes. ¡Tremendo caldo de cultivo es ése!

En segundo lugar, está el concurso que, en el marco de la actividad delictiva, motorizada o no, ofrecen algunos policías y militares activos, como pensionados en algunos casos, según los precedentes que se tienen, lo cual interfiere sobremanera para actuar en consecuencia, por lo que no va a ser muy fácil ya el control y combate que se imponen en estos momentos, respecto a esa fase directa del problema: atracos en los tapones de vehículos, cuando no a simples transeúntes callejeros que llamen la atención.

Por consiguiente, a evadir tapones viales, y tratar de cuidarse cada quien, montado o a pie, son las alternativas inmediatas. Porque, las soluciones a esos males lucen estar bastante lejos.

 

Autor: Rolando Fernández

¡Nos “salvamos”!, hasta los hospitales son robados en Dominicana

El leer reseñas periodísticas como esa que aparece en el medio “Listín Diario”, edición de fecha 7-3-17, sobre el robo espectacular de que fuera objeto recientemente el Hospital Regional Universitario Jaime Mota, bajo el título: “Encapuchados roban en el hospital Jaime Mota”, la verdad es que, se le cae el ánimo a cualquiera, con relación a esta selva deplorable en que los políticos de nuevo cuño han dejado convertir el país de los dominicanos.

Cuánta delincuencia, desfachatez, y hasta falta de humanidad se podría decir, cuando hasta lugares como esos, que se deben considerar sagrados, por el tipo de ejercicio que allí se lleva a cabo, son irrespetados sin reparo alguno por los antisociales que ahora operan entre nosotros con toda libertad, y hasta con el concurso ocasional de autoridades militares y policiales en funciones, según los precedentes que se tienen.

¡Ay Trujillo!, cuántos le recuerdan, de aquellos que vivieron la otrora época, y hacían uso de los servicios públicos de salud en esos centros asistenciales, en que se destacaban, según manifiestan: seguridad extrema, eficientes y oportunas atenciones facultativas, medicinas necesarias para los enfermos, equipos auxiliares, etc. Y, pobre del galeno que no actuara como era debido, con los pacientes ambulatorios o internos.

Sin embargo, hoy, amén de las deficiencias de todo allí, fehacientes, y de los negocios que en los lugares se hacen, como la inconsciencia de los profesionales de la salud nombrados en esos centros, también los ladrones vulgares se aprovechan para hacer “su agosto”, ante el descuido y la falta de protección evidentes que se verifican.

Y lo grande es que, otro hecho de igual naturaleza no es la primera vez que ocurre en la entidad. En las declaraciones inherentes al presente, “recordaron que hace un año cargaron con unos compresores de aire acondicionado, de la misma habitación de la residencia, y se llevaron una computadora Laptop.  También se precisó que, a los pacientes y familiares les sustraen sus pertenencias”, en adición. No obstante, las medidas preventivas no se adoptaron entonces.

Luego, no sería osado señalar que, de continuarse con tal deleznable práctica, junto a las deficiencias marcadas con que opera el sistema público de salud en el país, como las displicencias médicas que se observan, pronto habrá que cerrar muchos de los hospitales pertenecientes a la red, para beneplácito evidente del sector privado en el área.

¡Diablo!, donde se ha llegado en Dominicana; ya ni esos centros asistenciales públicos se salvan, únicas ventanillas para los enfermos pobres del país en procura de un poco de salud. ¡Es pa’lante que se va!

 

Autor: Rolando Fernández

 

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Un final convincente espera la sociedad nacional: caso niña Carla

 

¡Qué triste reseña periodística!, esa que publica el medio “Listín Diario”, edición de fecha 9-10-16, sobre un episodio criminal que luce bastante oscuro aún, y que ha consternado a esta sociedad de forma inusitada. ¡Se esperan respuestas!

¡Cuánto deja qué pensar lo allí expresado! A qué puede conducir a sus dolientes ese triste espectáculo del velatorio, y posterior entierro de las osamentas entregadas como pertenecientes a la asesinada inocente niña Carla Massiel Cabrera, (en el día de su cumpleaños, según la madre), sin que aún se conozca a fondo la realidad sobre lo ocurrido, ni hayan sido procesadas judicialmente (fase inicial) todas y cada una, de cuántas personas la sociedad entiende como culpables directos, y gente que es señalada por familiares de la víctima, sin ambages, ni temor aparente.

La que precede, es la amplia pregunta que todo el entramado judicial nuestro debería estar haciéndose, ante la posibilidad de que un caso tan espeluznante, análogo con los de ciertas novelas de terror, no sea esclarecido hasta las últimas consecuencias, y se proceda a aplicar las sanciones correspondientes, sin miramientos de corte social elitista alguno.

Eso es, caiga quien caiga; presos sujetos a cumplir la pena máxima establecida, para que paguen por un hecho de sangre de gran connotación como ese, con muy pocos precedentes que recordar entre nosotros.

Se evitaría de esa manera el continuar provocando el que la gente aquí se incline a tomarse la justicia por su propia mano, hasta en contra de los mismos que deben actuar en ese orden, y no lo hacen, desde los tribunales de la República, en una acción imparcial, que se supone ciega.

Esas fuertes declaraciones e imputaciones que hicieron tanto la madre (Diolandita Cabrera), como el padrastro (Manuel Reyes) de la niña asesinada, y que aparecen en la reseña periodística relativa, deben merecer especial atención por parte de las autoridades judiciales, y no dejar que la especie pierda calor para llevar a cabo las actuaciones que procedan. ¡Qué se actué, rápido!

En otro orden, aunque asociado con el tema, eso de que los pobladores del barrio “Los García”, y otros ciudadanos aspiren a invadir la finca del fenecido doctor Hipólito Santana, fundador de las clínicas del grupo Integral, sita en Pedro Brand, en que fueron encontrados los restos mortales de la niña Carla Massiel Cabrera, por la supuesta vinculación de la hija del mencionado galeno en el hecho de terror de que se trata, tiene más matiz de aprovechamiento de la desgracia ajena, que de otra cosa, y las autoridades no deben permitirlo. (Ver medio citado).

Se manifiesta la intención de fundar allí un barrio denominado Carla Massiel, en honor a la niña desaparecida, un subterfugio obvio. Lo que se quiere en realidad, tal se aprecia, es invadir la finca para construir viviendas en el lugar, y probablemente hacer buenos negocios con ellas. Los “vivos” aquí siempre quieren hacer de las suyas, no pierden tiempo

Por qué no hablan de construir en el espacio una buena escuela u hospital para servicios a todos los moradores de esos entornos, aun los designen con el nombre de la niña, Qué se declaren esos terrenos de utilidad pública, sin compensación pecuniaria, de encontrarse culpables a los señalados, y si es que en realidad tienen que ver con el propietario de esas tierras.

También, de crear un frente de apoyo monolítico a los familiares directos de la víctima, para reclamar con vehemencia ante las autoridades competentes todas las investigaciones lugar, como los castigos que se deriven de las conclusiones, creíbles y bien fundadas por supuesto, para cerrar definitivamente el caso, y que no se vuelva a inventar con otros niños de cualquier lugar en este país, realizándose tan horrendo acto.

 

Autor: Rolando Fernández

¿A quitar el tan preciado activo llamado vida? ¡Nadie tiene derecho!

 

Segando existencias físicas humanas, ¡no se resuelve el problema! Ahora, matando las causales que provocan los atracos, asaltos, delincuencia y criminalidad, etc., ¡sí! ¿Por qué de esas razones tan a la vista, muy poco se quiere hablar? Es la gran interrogante que asalta a muchos ciudadanos en este país.

 

Lo que ocurre es que, las autoridades competentes locales no quieren abocarse a eso, por conveniencias, o la proclividad ordinaria que se tiene de irse por lo más fácil, como el tocar los menos intereses posibles que puedan estar envueltos en esas actividades delictivas.

 

Y claro, encuentran el concurso resonante de algunos medios periodísticos locales, como de ciertos comunicadores, que ven el entrarle a tiros a los delincuentes, pseudos  algunos, como el estar quitando motores, las panaceas de solución a la mano.

 

Se inclinan incluso por recomendar que se emule aquí a: “Li Kuan Yu, en Singapur, y ahora hace el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, que escopeta al hombro, salía matar delincuentes cuando era gobernador de la sureña provincia de Davao”. (Véase: periódico “HOY”, del 13-6-16, página 11ª).

 

¡Qué bueno es así! Ahí no funciona el refrán popular que reza: “muerto el perro se acabó la rabia”. Aunque se les dé para abajo a los perros – delincuentes -, (en la jerga policial), la rabia se va a seguir estimulando con las acciones improcedentes de los “magnates engreídos de arriba, que viven alegremente impunes, y burlándose de los que menos pueden,  a quienes “acogotan” con las innúmeras carencias que estimulan con sus desaprensiones, como lo es cuando recurren a las ominosas cargas impositivas que le gravan a la población, desde donde aprovechan para costear los mandantes, cuántos lujos vienen dándose desde hace ya varios lustros.

 

Ningún problema se resuelve marginando razones provocantes. Lo que pasa aquí es que, el “bollo” de esos motivos no es fácil de resolver; tiene “cocorícamo” el asunto. Es mejor y más aconsejable para ellos no verlos, pues habría que alzar la vista hasta las instancias superiores, como ponderar y tratar de enmendar lo que en ellas está pasando. Es por tanto que se prefiere recurrir a medidas como esas que se procura aplicar en el presente.

 

Pero además, habría que agenciar una efectiva administración, como aplicación de justicia a nivel nacional, en contra de los desfalcadores del erario público, conocidos y apañados comúnmente, y se les despoje de todo cuánto se han robado, para dedicarlo por ejemplo a cubrir las necesidades sociales apremiantes, como es el caso de abastecer como se debe los hospitales públicos del país.

 

A que si las autoridades competentes de la nación comienzan a proceder según se ha expresado, de inmediato la delincuencia en términos generales empezaría a bajar de forma notoria, y no habría que matar a nadie.

 

Claro, eso no implica el que se dejen de adoptar otras medidas alternativas de acción que resulten pertinentes, para ir poniendo fin a tales actividades delictivas.

 

¡Inténtese!, para ver qué pasa.

Rolando Fernández

¡Motores! ¿Y es fácil? ¡Eso está más “jondo”!

 

Según los datos estadísticos que se tienen, los cuales se hacen públicos a través de la prensa local, “El 80% de los atracos se cometen en motores”.  Y claro, ahora mismo se está considerando ese medio de transporte como la espina dorsal del flagelo social preocupante de nuevo  sobre el tapete.

 

El asunto es el mismo de siempre, seguir queriendo agarrar el rábano por las hojas, como reza  un refrán popular, reparándose e intentando tomar medidas correctivas a partir de uno de los factores incidentes laterales, y el más visible por supuesto, los vehículos (motores) desde los cuales se vienen facilitando tales acciones delincuenciales.

 

Es obvio que, no es que las medidas que se están llevando a cabo en el “ámbito de los motorizados” nuestros, dejen de aportar una posible solución parcial. Pero, es bastante notorio que, el meollo de ese asunto no anda por ahí, ¡qué las causales están mucho más “jondas”! Y que por tanto, las mismas requieren de un mayor esfuerzo resolutorio.

 

Si los asaltos y atracos dejan de hacerse desde los motores, se van a continuar produciendo usándose otros tipos de vehículos, aun reporten esos menos facilidades operativas, ya que las verdaderas y poderosas razones que subyacen,  las que vienen promoviendo en el fondo esa situación, se están dejando intactas al igual que siempre.

 

¡Los motores no atracan a nadie!, no son nada más que una vía de transporte utilizada para tal propósito. La actitud delictiva, retaliataria como la entienden muchos, está en las mentes de sus ocupantes, producto de la gran desigualdad social entre los mandantes nacionales desde hace lustros, y la población en general.

 

Además, la corrupción estatal rampante, lesiva a todos los segmentos más pobres del país, con alegre impunidad, burlas, y “solapación” judicial, por un lado, según reseñan los mismos medios de la prensa local; y por el otro, las publicaciones periodísticas urticantes (narran sobre realidades nacionales) que se hacen, las cuales contribuyen a alimentar más el delinquir por parte de los de abajo.  También, el ingrediente conexo de la falta de administración y aplicación de justicia que se tiene en sentido general.

 

¡El bollo no es tan fácil de soltar!, y por consiguiente, ya viene atormentado a muchos sobremanera, de acuerdo con lo que se dice, y que tantos dudan sea verdad. Hoy, dizque preocupan los atracos. ¡Anjá!, pero uno de los más importantes matutinos locales pública en su  primera página la joya siguiente:

 

“A pesar del pedido del Poder Ejecutivo, del ministerio público y de la sociedad civil, varias leyes consideradas fundamentales para fortalecer la lucha contra la delincuencia y garantizar la seguridad ciudadana, han permanecido archivadas en las comisiones del Senado y la Cámara de Diputados por varias legislaturas”. (Periódico “Listín Diario”, edición de fecha 8-6-16) ¿Qué creer entonces?

 

Evidentemente, esa desorganización y falta de controles en el ámbito “motoril” nacional, a que en estos momentos se alude con ahínco, viene incidiendo de forma considerable en la problemática de que se trata. Tan así es, que las mismas autoridades competentes han manifestado que al año 2014 existían en el país unas 600 mil motos que no contaban con registro alguno (ver medio citado), por lo que obviamente se hacía imposible darles seguimiento en relación con cualquier tipo de investigación necesaria.

 

Y, si eso era en ese entonces, ¿qué no estará pasando ahora, en que ese parque vehicular es muy superior al del año indicado? Por reconocimientos expresos como esos es que, muchas personas consideran esta nación con una selva de cemento, regenteada por políticos gobernantes engreídos, a los cuales nada más les preocupa el coger cuartos prestados, hipotecar el país, y “reventar” a la población imponiéndole mayores cargas  impositivas cada vez.

 

¿Conclusión entonces? Todo ese aparataje que en estos días se está llevando a cabo con respecto a esos utilitarios vehículos – MOTORES -, no es más que una nueva pantalla de esas  acostumbradas que se tienen, para entretener a los ciudadanos de esta nación.

 

El aparente control que se quiere dejar entrever en estos momentos, es solo por corto tiempo. Ahorita se olvida, desde que aparezca otro tema sustituto, sino no es que lo promueven, para que el de los atracos y asaltos se olvide más rápido.

 

Y, los poderosos motivos que en realidad inducen, y  que se encuentran en la base de esas actividades delincuenciales,    causándoles sin reparo alguno, seguirán tales cuales han prevalecido hasta el presente.

 

Autor: Rolando Fernández

¡Preocupan! ¿Y qué se está haciendo para evitarlos?

 

De nuevo está sobre el tapete el tema de los atracos, como de la delincuencia general interna en sí. Lo siempre entretenedor inherente es lo que se escucha, para calmar los ánimos y frenar un poco la presión social relativa, tal se ha venido estilando durante los últimos meses.

 

Los atracos no deben preocupar, en cuanto a los hechos concretos, sino en lo concerniente total a las razones que los provocan.  ¡Esas sí que deben intranquilizar e inquietar sobremanera! Urge definir y combatir causales relativas. ¡Sería lo más procedente! No es que dejen de estar a la vista. Tampoco se necesita de espejuelos para mirarlas, o descubrirlas. Claro, para ello se requiere de voluntad política, al igual   que  para enfrentarlas como se debe.

 

Según lo manifestará a la prensa local la señora fiscal del Distrito Nacional, Yeni Berenice Reynoso, “el tema de los asaltos sigue siendo motivo de preocupación para el Ministerio Público, sobre todo por la cantidad de agentes de la Policía Nacional que están involucrados en esos y otros delitos”.

 

Y, si es a nivel de esa instancia judicial, desde donde se puede ayudar bastante a enmendar tan deleznable y dañosa situación, que está preocupando un innegable flagelo como  ése, que indudablemente viene acosando en gran medida  a la sociedad nacional desde hace ya varios años, qué no será para el gran grueso de las familias dominicanas, afectadas ya, o corriendo el gran riesgo de serlo.

 

Evidentemente, quizás lo más preocupante para ésas, no sea la realidad concreta de los atracos llevados a cabo ya, que implican robos, maltratos, y hasta pérdidas de vidas humanas en ocasiones, sino que  en el horizonte nacional no se vislumbran las soluciones  y protección que urgen.

 

De ordinario, todo se queda a nivel de bla, bla, bla en la prensa local, como se puede observar, cuando los periodistas abordan a las autoridades competentes y reseñan, luego de tratarles sobre la inquietante temática.

 

Es obvio que,  así ha sido y será, hasta tanto los que deben actuar en consecuencia se inclinen por bajar hasta las bases mismas de la problemática, para intentar resolver desde allí. “¡Agarrar el toro por los cuernos”!, como se dice popularmente, para tratar de doblegarlo a cómo dé lugar.

 

Precisamente, hace unos días el señor Servio Tulio Castaño, vicepresidente ejecutivo de Finjus, se refirió a la situación que ahora toca de nuevo la señora  fiscal del Distrito Nacional. El mismo lo hizo a través de las redes sociales, a quien aprovechamos para escribirle un amplio comentario relacionado, que estimamos pertinente transcribir aquí para una mayor difusión, y también como respuesta a la prestante dama, tras externar ella que: “atracos siguen siendo una preocupación”. (Periódico “HOY”, del 4-6-16, página 11ª)-

 

“Sin ánimo de justificar, los agentes policiales nuestros también sufren en carne propia las grandes precariedades económicas que acosan a un gran segmento de la sociedad dominicana. Tienen cargas familiares que les exigen bastante, en todos los órdenes. Y, todo hay que cubrirlo, precariamente, si es que pueden hacerlo, con los míseros salarios que reciben, frente a las burlas salariales del funcionariado estatal, “boyante”, algunos de ellos ineptos, y hasta analfabetos, que en realidad no ofrecen ningún servicio al país, pero, sí hicieron campaña.  Además, está el deleznable, e inductor espejo de la rampante corrupción administrativa estatal. Es por ello que, esa temática de la eventual participación de algunos policías en actividades delincuenciales tiene que ser enfocada, necesariamente, a partir de identificar causales; y, reparar en que, a veces la necesidad obliga. Máxime, las osadías de ese tipo aguijonean, cuando el trabajo  que se realiza implica poner en riesgo la propia vida, como el tener que cuidar las de algunos sin méritos acumulados. ¡El que tenga oídos para oír, que oiga!”.

 

Dijo la autoridad judicial mencionada, “Las denuncias de asaltos a mano armada, explorando modalidades nuevas, están a la orden del  día”. Explicó que, “para hacer frente a esta realidad no se trata de mayor unión entre el Ministerio Público y la policía como han sugerido sectores”. (Yeni Berenice Reynoso).

 

¡Gran verdad esa primera! ¡Y, consideración bastante acertada la segunda! Tienen que llover las quejas ante ese despacho, y otras instancias judiciales nuestras, por lo que está ocurriendo en ese orden en todo el ámbito nacional. ¡Innegable!

 

Por el otro lado, tampoco es asunto de “unidad entre el Ministerio Público y la policía”. ¡No!,  es atacar todas las acciones delictivas en sus raíces mismas, entre la que se destacan la impune corrupción estatal rampante, y la lenidad judicial generalizada con respecto a todo lo punible entre nosotros.

 

De igual manera, es tiempo ya, para que se ponga término de manera definitiva a los padrinazgos políticos acostumbrados; el  estar solapándose a los desfalcadores alegres y consuetudinarios del erario público dominicano, en una actitud que se ha enraizado en el país de manera escandalosa.

 

¡Los que delinquen arriba, y quedan sin penalización, inducen a los de abajo! Igual efecto indignante traslativo tienen,  las burlas salariales de los políticos en posiciones públicas, a costa de las gravosas cargas impositivas con que laceran los gobernantes a las clases más necesitadas del país.

 

¡Qué se las lleve el diablo!, es lo que se percibe. Luego, los robos, atracos, y delincuencia en general, son  indudables respuestas “contestatarias” a los que mal gobiernan. Eso es lo que se entiende, con muy amplio consenso.

 

Las razones expuestas constituyen los “alimentos” actuales de mayor asimilación juvenil,  y policial, principalmente, respecto de esas actitudes  punibles. Y, son las que deben ser objeto de reflexión sostenida por parte de las autoridades competentes.

 

 

 

Autor: Rolando Fernández

 

 

¡El dominicano es muy ostentoso; y, favorece eso la delincuencia local!

 

Sí, a los ciudadanos de este país les gusta mucho aparentar, lo que es, y lo que no es.  Lo primero para inflar más el ego. Lo segundo, para romperles los ojos a los demás, como se dice, y que se piense, ése sí que está bien. En ambas situaciones siempre prevalece la comparonería.

 

De detenerse algunos a reflexionar un poco, fácilmente se darían cuenta de que, el flagelo de la delincuencia en este país, con la criminalidad asociada ocasionalmente, tiene como una de sus razones principales esa proclividad de muchos locales y extranjeros que nos visitan, a estar ostentando entre nosotros, frente a las necesidades perentorias que acosan a algunos segmentos de esta sociedad; y, en adición, los requerimientos económicos para costear vicios, ya muy comunes entre los nacionales.

 

Y es que, no son pocos los que creen que en verdad esta es la nueva “Suiza del Caribe”, como la tratan de vender los políticos embaucadores y allantosos que nos gastamos aquí, al igual que los prestamistas de ultramar, cuando en realidad la nación está plagada de pobreza y carencias sociales evidentes, amén de las permisividades judiciales, la impunidad a todos los niveles, y a veces, para completar, hasta se tiene la coparticipación en hechos delictivos de militares y agentes del orden nuestro, que también se los está llevando el diablo junto a sus familiares. ¡Muy penosa esa innegable realidad última!

 

Claro está, que también se viene induciendo desde arriba la delincuencia, y la criminalidad que en ocasiones le acompaña, repetimos, por los procederes de todos estos politiqueros corruptos y desaprensivos, actuando a la libre, sin control alguno, ni las puniciones debidas por parte de quienes les compete hacerlo.

 

Ante esas situaciones, la población bien podría contribuir con la disminución de los asaltos y robos que se verifican en calles, avenidas, y viviendas locales, procurando exhibir lo menos posible, lo cual no significa que usted sea un desheredado de la fortuna; sí, que se puede tener posibilidades y condiciones económicas, pero que no anda enseñando para “echarle vaina a nadie”, tal se dice en esta nación con mucho acierto.

 

En eso debemos pensar todos los dominicanos; y, procurar lo más que se pueda, el no estar llamando la atención, hasta que aquí aparezcan autoridades con voluntad, y en capacidad de enfrentar las situaciones delictuosas de ese tipo. Claro, combatiendo arriba primero la corrupción estatal rampante, que se estima inductora.

 

Otro factor a considerar, inherente a dicha problemática delincuencial, en que tampoco se deja de ostentar por regular poder económico, es cuando los actos se producen en contra de personas que acaban de salir de instituciones bancarias, donde han ido a retirar grandes sumas de dinero, a quienes de seguro se les da seguimiento.

 

Se tiene la percepción casi generalizada, de que los “antisociales” actuantes, ¡no son adivinos!, y de que algún tipo de información relativa reciben previamente sobre cualquier transacción de retiro importante en la entidad de que se trate, siendo las grandes preguntas obvias, ¿y cómo es que lo saben?, ¿quién les avisa?

 

Evidentemente, ahí el asunto se torna mucho más delicado, y son las autoridades judiciales competentes, como las mismas del sistema bancario en sí, más bien la Asociación de Bancos Comerciales de la República, las que deben tomar cartas en la cuestión de que se trata, a los fines de definir e introducir las políticas de supervisión necesarias, y los controles pertinentes.

 

Los robos y asaltos que se producen en esas circunstancias, también pueden perjudicar la imagen de la institución envuelta, aquella de cuyos servicios se ha requerido, todas vez que, cuando sale a luz pública la denuncia de lugar respecto a un hecho de ese tipo, lo que primero que se dice es: “la persona salió del Banco X, o Asociación de Ahorros y Prestamos tal. Y, no se debe olvidar, que los pensamientos son libres.

 

¡Tratemos entonces todos de aportar soluciones, en el tenor de lo abordado!

 

Rolando Fernández

 

Cementerios públicos nacionales: fincas de cadáveres, y focos infecciosos

 

En este país todo está descuidado. Solo las apetencias políticas prevalecen por doquier. A ellas se agregan los maridajes comerciales con empresarios privados. Espacios que ayer eran dignos de toda atención y respeto municipal se han ido al carajo hoy, como se dice en buen dominicano. Son cosas olvidadas por parte de las seudos llamadas autoridades edilicias que nos gastamos, que solo andan en busca de lo suyo, como lo de sus grupos de lambones y serviles.

 

El mejor ejemplo de lo expresado está constituido por los cementerios públicos en todo el país, que ahora operan como fincas de cadáveres, regenteados por los sindicatos de “destapa tumbas y pega concreto”, que se hacen llamar albañiles, amén de tigueraje que por allí pulula, violándolo todo; sacando difuntos de sus sepulcros para robarles los ataúdes; llevándose las rejas de hierro, y puertas metálicas de los nichos, como los panteones, y hasta los candados.

 

Pero además, ahora los camposantos no rentables, parecen solares baldíos para pastar algunos animales. Y, los follajes yerberos sirven de protección a los delincuentes, que usan esos  lugares para hacer sus trapacerías, como son: asaltos, violaciones, acosos sexuales, consumo de drogas, y demás esnobismos dañosos que nos ha traído la modernidad, como  la transculturación permitida por los “manda malo”, busca poder y cuartos, que desde hace años vienen dirigiendo esta  nación.

 

Claro, por la forma en que han venido siendo manejados esos sitios de parte las alcaldías jurisdiccionales correspondientes, y las figuras decorativas allí designadas para dirigir, los libertinajes  y acciones vandálicas permitidas en su interior, se han creado también diversos caldos de cultivo, para el desarrollo de focos infecciosos, a partir de los cadáveres en descomposición que los delincuentes dejan al aire libre, luego de sacarlos de los ataúdes.

 

Se agrega a eso, lamentablemente, el negocio con las osamentas, sin ningún tipo de higienización, o desinfección adecuada, a los estudiantes de medicina, dominicanos y extranjeros en el país, para sus observaciones directas, y prácticas académicas de rigor.

 

Y, como aquí las instituciones estatales nada más sirven para politiquear, como es el caso específico respecto de la situación tratada, y a quien debe corresponder introducir las enmiendas y supervisión pertinente, el Ministerio de Salud Pública, todo pasa desapercibido en sus “narices”, y las autoridades de allí ni se enteran.

 

En estos momentos, como se está en campaña política, todas esas desaprensiones de algunos indolentes ciudadanos, sí que aparentemente lucen preocupar  a estos farsantes y demagogos politiqueros en competencia electoral. ¡Antes no!, ¿verdad?

 

Por ejemplo, ahora dice el flamante y envalentonado alcalde del Distrito Nacional que: “El Ayuntamiento del Distrito Nacional (ADN) intervendrá el cementerio Cristo Redentor con una serie de trabajos que buscan remozar y dotar de mayor seguridad ese campo santo”.

 

Dijo además, “que las labores serán realizadas en conjunto con la Oficina de Ingenieros Supervisores de Obras del Estado (Oisoe). ¡En campaña sí! ¡Cuánta demagogia e hipocresía, y los incautos aquí siguen creyendo! (Véase: “HOY”, del 1-2-16, página 10ª)

 

Después que ese lugar lo han convertido en un antro de suciedad, delincuencia, ladrones, etc., donde ya ni los deudos pueden visitar a sus “muertos”, por temor a ser atracados o matados, se aparece el alcalde responsable, a decir que será “rescatado y remozado”. Seguro que las ejecutorías probables serán transitorias, de cara nada más a buscar votos durante las próximas elecciones generales. ¡Que tupé tiene ese señor!

 

Claro, además de los malos gobiernos municipales que hemos venido teniendo en esta nación desde hace años, presididos por ineptos, hasta analfabetos en  muchos casos – cantantes de combos musicales, humoristas de pacotilla, locutores, “programeros” de la televisión, etc. subyace en los descuidos y las displicencias obvias observadas en el tenor de lo que se trata, el fomentar el negocio de los cementerios privados en el país, que de seguro tienen dentro de sus asambleas de accionistas a muchos politiqueros nuestros de nuevo cuño, de esos que se han hecho ricos a la carrera, y tienen que “lavar” rápido los recursos mal habidos, en contra de erario público.

 

Evidentemente, también está de por medio la ignorancia y “comparonería” de muchos dominicanos, que bien saben aprovechar los manipuladores “mercadólogos” para capturar tarados clientes, y que se desboquen satisfaciendo las ofertas relativas, creyendo en las tantas “pamplinas” mundanales que se les dicen.

 

Cabe intercalar aquí, antes de proseguir, que por costumbre,  un buen segmento de los nacionales nuestros, creen que los campos santos son los segundos espacios físicos en que deben residir sus muertos en la Tierra. ¡Craso error!

 

Allí, buscando seguridad y hermoseamiento, les construyen sus deudos lujosas tumbas, mausoleos, y hasta palacetes fúnebres, para visitarles con cierta frecuencia. Y, todo eso no es más que vanidad, como desconocimiento sobre lo espiritual que rige la especie. Ya lo dijo el Predicador:   “Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu”. (Eclesiastés 1-14, Sagrada Biblia).

 

Cuando una entidad Alma espíritu cualquiera se despoja de un cuerpo, armazón físico en que ha habitado, que ya no le sirve para fines propuestos, el mismo se puede colocar en cualquier lugar, sin importar la casta social a que haya pertenecido el extinto, siempre y cuando no se le  irrespete, como templo de algo divino que fue.

 

Continuando con el fomento y comercialización de los cementerios privados, como la aceptación popular que han recibido, aunque allí no se pueden realizar las construcciones antes señaladas, tenemos por ejemplo, que hay uno de esos lugares para colocación final de cadáveres que le llaman “La Puerta del Cielo”, una denominación muy atinada, mercadológicamente hablando, para jalar a los seres humanos que no conocen sobre su real esencia – espiritual -, y que ignoran por completo qué es lo que ocurre después que la entidad Alma-espíritu encarnada abandona el cuerpo físico que ha venido utilizando.

 

En ese sentido, y de acuerdo con lo que sostienen esoteristas muy autorizados en la materia, luego de ahí – la desencarnación -, se tiene que recorrer un sendero inmanifiesto bastante largo para poder llegar hasta el Cielo. Y, como es obvio suponer, es la precitada entidad la que debe hacerlo, no los despojos carnales que son depositados en el citado camposanto.

 

¡La elección denominativa es puro mercadeo, y nada más! Y claro, tanto los desconocedores sobre la espiritualidad; de lo que es  en verdad la especie de los hombres (general) – seres espirituales en busca de experiencias humanas – como la misión evolutiva a cargo en el planeta Tierra, creen que todos los “problemas” relacionados con su esencia, y propósitos terrenales, han sido resueltos, y que al depositar allí los restos mortales de sus deudos, están entrando ya al Cielo de los religiosos. ¡Cuánta ignorancia, que aprovechan los vivos comerciantes!

 

Ahora ocurre que, la puerta hacia aquel lugar celestial, donde  las entidades Almá-espíritu descansan entre encarnaciones necesarias, y se recargan de energía para una próxima corriente de vida a expresar terrenalmente, está en un pedazo de tierra en Dominicana. Se entiende como un proceso algo  similar a lo que ocurre cada noche cuando se va a la cama a dormir. Se descansa y se reponen energías para las actividades del día próximo.

 

Reflexionado un poco sobre ese manejo mercadológico, la pregunta que debería asaltar a todo pensante, ser hominal, de inmediato sería: Bueno, y si es que somos tan dichosos que tenemos “La Puerta del Cielo” en este país, ¿dónde estará la del infierno  entonces?, para que nunca intenten llevarme hasta ahí cuando me convierta en cadáver.

 

¡Ah tantos negociantes,  y seres ignorantes, se tienen juntos entre nosotros!

 

Autor: Rolando Fernández