“Hoy por ti, y mañana por mí”. ¡No siempre se estará en las filas!

 

Cuando se leen reseñas periodísticas como esas que aparecen en los medios locales, de fecha 29-7-17, donde se expone sobre el maltrato fehaciente de que fueran objeto exagentes pensionados de la Policía Nacional, y de la Fuerzas Armadas de la nación, por parte de iguales se podría decir, aunque hoy uniformados aún, miembros activos del Cuerpo del Orden, tiene que llegar a la mente de cualquier pensante, el mensaje certero que envuelve la frase que en parte encabeza. Como, la pregunta obvia, ¿qué pasará conmigo mañana?

Los excompañeros de labores del precitado Cuerpo Policial, conjuntamente con miembros pasivos de las Fuerzas Armadas, se concentraron en el frente del edificio de su Hermandad, sito en la Av. John F. Kennedy, de la capital de la República, para reclamar el reajuste salarial que entienden justo les corresponde, igualándole al recibido, o por hacerse efectivo, con respecto a los miembros activos de esas instituciones, con iguales rangos que aquellos con que fueron pensionados.

Es lo que procede, a nadie le cabe la menor duda, por la estrechez económica en que esos hombres hoy tienen que desenvolverse, debido a los sueldos no indexados que reciben, bajo una situación poco humana, y de desprecio obvio por supuesto, “siendo ciudadanos que dieron todo por esta República durante sus años hábiles, y que en el presente ya están todos en el suelo, por encontrase enfermos, y no recibir el dinero necesario, ni siquiera para poder sostenerse viviendo”.

¡Es una lástima! No es único caso en este país. Ellos forman parte del club de servidores estatales abandonados a su suerte, luego de sus aportes loables a la nación. Se les coloca, cuando son pensionados, en el zafacón del olvido.

Basuras, son considerados por los actuales, esos a los que en su mayoría tanto deben su bienestar presente. Los cañeros de otrora, otro vivo ejemplo que se tiene aquí, hoy andan por ahí como mendigos, “dando más lástima que el diablo”, como dice el pueblo llano. Fueron hombres de trabajo aquellos, que bastante colaboraron con la economía de esta nación en años atrás. Pero, olvidados en el presente, al igual tantos. ¡Qué pena!

Preciso es señalar que, los que hoy se prestaron para ese atropello abusivo y degradante en contra de los guardias y policías, ayer en servicio, (hay órdenes que no se cumplen), que en el pasado estuvieron juntos en labores de prevención y cuido nacional, no repararon en el eventual porvenir que a ellos les espera, por los precedentes que se tienen, en que muy probable también tendrán que recurrir a las mismas prácticas reclamatorias, para exigir entonces las reivindicaciones de lugar.

¿Y, les va a gustar que se les maltrate de esa forma, hasta lanzándoles bombas lacrimógenas? ¡De seguro que no! Luego, hoy no debieron hacerlo así con esos policías y guardias pensionados en necesidad, merecedores de mejores y razonables condiciones salariales, que es lo que están reclamando a todo pulmón.

¿Pueden vivir aquellos servidores con esos míseros cheles que reciben? ¡Jamás! Procede apoyarlos en consecuencia, y no vejarles de ese modo. Hay que recordar que, ¡no siempre se estará en las filas! “¡Qué hoy el asunto es por ellos, y mañana lo será por nosotros!”

 

Autor: Rolando Fernández

 

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¡Qué paciencia tiene el pueblo dominicano!

 

Sí, pero una explosión social, o la desobediencia civil generalizada, se pueden producir en cualquier momento. Pues, la incertidumbre, el miedo, y la desesperanza, se están apoderando de esta población con mayor ahínco cada vez, y no se alcanzan a ver promesas concretas, ni rápidas soluciones posibles.

La delincuencia le está sacando la “lengua” a las autoridades; se burla de ellas, o las corrompen también con las dádivas que se les otorgan, para que le hagan el juego a los antisociales que operan, u ofrezcan su concurso, en base a los boroneos de estilo, se debe reiterar.

Las quejas se escuchan por doquier; las víctimas, y la ciudadanía en general, claman al Cielo por justicia; que se produzcan verdaderas acciones combativas oportunas; y, critican los operativos militares “pantallas” dispuestos, pincelados de politiquería, convirtiéndose ésos en el hazmerreír fehaciente de tantos aquí, en pos, evidente, de restar parte de la presión social global que viene recibiendo el gobierno.

La corrupción y la impunidad a nivel local crecen como flores en primavera. Los casos relativos continúan acumulándose, siendo los últimos botones destacables: ODEBRECHT, y LUJAN (vertedero de Duquesa). ¿Cuál será el próximo “buqué de rosas”?

Mientras tanto, se continúa entreteniendo a la población, nombrando comisiones investigadoras, que justifiquen acciones indebidas, como se puede inferir a partir de algunos de los integrantes designados en muchas de ellas.

Además, se está en presencia de un Poder Judicial inamovible, el cual se gastan los dominicanos desde hace años, confeccionado como traje a la medida de la clase política gobernante; que actúa con ceguera, no para proceder con la imparcialidad debida, sino para no ver cuánto se hace, en términos de desaprensiones y robos estatales.

En tanto todas esas cosas se verifican, la población pide a todo pulmón, que quien está puesto como presidente de la República se dirija al país, para que trate con claridad meridiana sobre los tantos males que acosan a este pueblo.

Y, éste parece decir, “ni para allá voy a mirar; toda mi atención está puesta ahora, en ver cómo me la ingenio, para ver si puedo salir del tremendo “atolladero” con Odebrecht en que estoy metido”.  Con todas las informaciones que han sido publicadas sobre ese particular, difícil se torna desmentirlo. ¡Es una apreciación muy generalizada ésa!

La gente nuestra, impaciente espera oír, respecto de posibles acciones y soluciones a los diversos males nacionales, in crescendo cada vez más. Pero, ¡qué va!, es como si hubiera “anteojeras”, para ver en una sola dirección; o, la cero disposición relativa a comunicarse con la población. Ambas, son cosas que no permiten recapacitar en esa línea.

Ahora, como reza un refrán popular, “hasta la belleza cansa”. El silencio del presidente se está convirtiendo en provocador, y conjuntamente con la presión económica de que este pueblo viene siendo objeto, como por ejemplo se verifica con el aumento abusivo de los combustibles cada semana, fríamente calculado para recaudar en favor del fisco, puede despertar sentimientos aguerridos en la población, que induzcan al acometimiento de acciones retaliatorias de impredecibles consecuencias,  que pueden dar al traste con el ordenamiento institucional presente, y de la disminuida paz social de que dispone el país en estos momentos.

Siempre hay algo que decir para calmar los ánimos, en este caso sociales, aunque él no lo crea.  ¡Hable señor presidente! El no hacerlo, le puede costar bien caro. La paciencia tiene un límite. ¡Peligra, dejarla agotar por completo en este país!

 

Si fuéramos más justos y objetivos, los cuartos aparecieran para elevar sueldos P.N.

La verdad es que, ese destape emocional  del raso de la Policía Nacional, Daurin Muñoz, quien denunció en un video subido a las redes sociales el mísero salario que reciben los agentes de una institución con tan grandes responsabilidades sociales preventivas, y de orden público a cargo,  qué tanto eco y apoyo ha recibido a nivel de la prensa local, en voces de periodistas imparciales, como de gente que hace opinión entre nosotros, sin  narigoneos, ha causado un gran revuelo, y hasta indignación en seno de la población nacional.

Cuántos espaldarazos defensores a esa actitud osada ha recibido aquella decisión, de quien se infiere  indudablemente actuó impulsado por las necesidades económicas apremiantes, tanto de él, al igual que su familia seguro, y que no puede solventarlas, debido a los irrisorios emolumentos mensuales que recibe, a pesar de tener que vivir exponiendo su vida a diario, como sirviendo de protección a personas que no lo merecen; que muy probable lo miran por encima de los hombros, y que devengan salarios burlones, suficientes para cubrir sus ostentaciones y francachelas públicas.

Ah, pero son políticos enganchados al tren gubernamental, algunos de ellos hasta analfabetos; o, poderosos empresarios que respaldan a los mandantes de turno, con los que hay que reciprocar por obligación. Y, a los chiquitos servidores públicos, que se los acabe de llevar el diablo. Por eso les olvidaron por completo en la formulación del Presupuesto Nacional para el año 2016.

Tan oportunas y pertinentes han resultado las declaraciones públicas ofrecidas por el humilde agente policial, que hasta parte de sus mismos compañeros lo han apoyado, considerándole como el verdugo que se atrevió a decirlo. “Ese es un verdugo”, “deberían de ascenderlo”. (Periódico “El Día”, del 13-10-15, página 4).

Evidentemente, es una acción que se podría considerar hasta loable de parte de ese ciudadano, ya que induciría a pensar  sobre su sentido de honestidad; pues al parecer, no optaría por inclinarse hacia actividades ilícitas y reprochables, a los fines de aumentar sus ingresos mensuales. ¡Procede la consideración!

¡Gran titular ese que encabeza! De ser así – justos y objetivos -, en nuestro país los dineros suficientes aparecieran para el aumento salarial al sacrificado Cuerpo del Orden, la Policía Nacional. Sobradas razones justificativas las hay, en  términos de justicia humana, y aquilatar el trabajo que lleva a cabo esa institución, como las exigencias de que es objeto la misma.

Según el flamante director general de Presupuesto, Luis Reyes, “Gobierno dice no puede aumentar los salarios sin elevar déficit fiscal”. “Control del déficit fiscal impide subir los salarios”. En ambos casos refiriéndose a la temática, y sin olvidar la muletilla del tan cacareado déficit fiscal. (“Listín Diario” del 13-10-15).

Y, es muy posible que así sea – falta de cuartos -, en vista de los tantos requerimientos que tiene el Gobierno; pero, sí hay suficientes fuentes que se pueden crear, para generar los recursos destinados a tales propósitos.

Claro,  habría que revisar y reconsiderar con voluntad real determinadas apropiaciones consignadas en el Presupuesto Nacional para el año próximo. Implicarían tales acciones sacrificios y deseos de colaboración generalizada por parte del Poder Ejecutivo, pues se tendrían que eliminar, cuando no disminuir significativamente, determinadas asignaciones burlonas, como esas que se entienden dispuestas para reciprocar con adeptos, patrocinadores, y servidores políticos directos.

Entre esas cabría mencionar, por hacer mención de algunas: las relativas a los grandes subsidios, y dispensaciones, etc., al poderoso sector empresarial nuestro; las jugosas sumas para entregar a los partidos políticos, a fines de ser usadas en sus actividades administrativas y electoreras, como en la francachelas de orden que se estilan, como los aumentos de las fortunas de algunos dirigentes de esas entidades.

Además, y en ese mismo orden, una reducción significativa de los altos y burlescos emolumentos que devengan muchos miembros del funcionariado estatal local, como en sus complementos relativos. No en asunto de porcentaje aplicable para aparentar rebajas, sino en hacerlos equitativos, respecto de los esquemas salariales nuestros.

No es posible que haya entre nosotros ciertos magnates políticos  que ganen un salario más alto que el presidente de los Estados Unidos, burlándose incluso los internos privilegiados del que percibe un empleado público promedio en esta nación.

En el orden de los recortes salariales,  y demás yerbas inherentes, habría que incluir todo lo concerniente al Congreso Nacional, y sus “eficientes legisladores”, por dicho concepto. También adoptar las medidas de carácter administrativo que correspondan, en cuanto a la eliminación de las consideradas aberraciones: “cofrecitos y barrilitos, asignaciones autodispuestas, para “habichuelas con dulce”, como regalos de Navidad y los Reyes. ¡Cuántos descaros!

¡Esos tan desmesurados ingresos, y colaterales, que benefician a  grupos nada más, constituyen una vergüenza para un pueblo pobre! Sin embargo, a tales personajes elegidos y agraciados, tienen que estar cuidándoles y sirviéndoles como domésticos, o muchachos de mandados, un sinnúmero de los miseriosos policías y militares que se tienen en el país, que tampoco están para esos menesteres propiamente, sino para preservar el orden público, prevenir la delincuencia y la criminalidad, al igual que la defensa de la soberanía nacional.  Los paga el mismo pueblo, con los onerosos impuestos que se le obliga a honrar.

Pero además, hay otro renglón presupuestario, merecedor de una gran rebaja, y es el concerniente a la publicidad estatal. Cualquiera en su sano juicio se preguntaría. ¿Y por qué tienen los gobiernos nuestros que estar publicitándose tanto, haciendo promociones y  alardes en demasía sobre lo poco que ejecutan, como si fueran  productos y servicios de consumo básico? ¡Creemos que eso nada más se ve en este país!

¡A qué de querer se puede! Sí, obtener recursos económicos suficientes, para poder otorgar los aumentos salariales, y otros beneficios adicionales, que tanto merecen la Policía Nacional, como la Fuerzas Armadas del país.

¡Atrévanse!, a revisar y reajustar el Prepuesto Nacional para el año venidero, haciéndolo más equitativo, en relación con las necesidades de todos, como eliminando las preferencias y canonjías grupales que siempre se estilan dentro de ese tipo de  piezas oficiales. ¡Sería hacer también lo que nunca se ha hecho!

Rolando Fernández

Nuestros uniformados merecen compensaciones salariales más justas por su labor

Muy cierto es que, “el problema de la policía no es sólo de salario”, como bien señala un medio de prensa local (Diario Libre, del 30-5-11). A eso hay que agregarle la cultura de la delincuencia y la corrupción que desde hace ya varios lustros se ha venido enraizando en el país, producto en parte, de la ineficiencia o apatía de las autoridades nacionales competentes.

 

Ahora, que antes fueran más “probos y eficientes” que hoy, los agentes del orden público, aun menos pagados, también es una gran verdad. Pero, ocurría que, en aquel entonces, había mayor justicia, tanto en  términos de equidad compensatoria, como de  administración por parte del poder del Estado correspondiente.

 

Además, orden y respeto, que actualmente los políticos mandantes que se ha venido dando el país durante los últimos años, en adición, se han encargado de tirarlo  todo por la borda, debido a su apetencias mercurialitas, como el hacer más rentable el gran negocio de esa disciplina a nivel nacional.

 

Lo que sí es muy evidente es que, esa desigualdad tan marcada y burlona entre los míseros emolumentos mensuales que reciben los sacrificados policías, poniendo en riesgo hasta sus vida, para defender incluso a los tantos delincuentes de cuello blanco y corbata que se tienen, y los sueldazos que reciben los funcionarios estatales, acompañados de jugosas dietas y sumas complementarias, que no aparecen en nómina alguna, muchos de ellos analfabetos, es lo que está principalmente en la base del comportamiento delincuencial que observan muchos uniformados; no sólo policías, como se cree de ordinario.

 

¡Es que tienen que vivir, bajo el patrón capitalista explotador impuesto!; porque, de otras formas, les resultaría muy difícil. Y, con las desaprensiones gubernamentales que observan a diario, como los espejos que tienen en las autoridades de la nación, a nivel superior, y sus compinches, cualquiera diría que poco hacen los agentes policiales y militares en este país.

 

Precisamente, todas esas irregularidades, sin sanción alguna, que se cometen a nivel de las altas  instancias políticas en el poder, a pesar de los pingues salarios que reciben, y los demás complementos, son las que inducen a muchos a la adopción de actitudes indebidas en las clases sociales más bajas. Entonces, lo ideal sería que a ambas cosas se les ponga el frente; de forma tal, que se tenga moral para exigir pulcritud a los maltratados y marginados guardias, policías y otros militares.

 

¿Por qué, esos sueldos burlones en el funcionariado estatal? ¿Por qué, no atacar de frente los actos de corrupción en que muchos incurren? Habiendo voluntad política, nuestros uniformados pudieran recibir emolumentos cada mes, más justos y decentes.

 

Fuentes para hacerlo las hay de sobra: reducir nómina arriba, hasta salarios más equitativos, con relación al medio social nuestro; modificar la entrega de tantos recursos financieros a los partidos políticos, para francachelas, romerías y aumento de las arcas de algunos personajes destacados en el área, durante los procesos lectorales; y, dejarse de estas pagando promociones gubernamentales a granel, entre otras cosas. Las instituciones estatales están para servir  a la sociedad; no para mercadearse como empresas privadas; y que, se esté cacareando lo poco que hacen sus incumbentes; cuyo único propósito es la politiquería.

 

Mientras los políticos que se gasta el país no comiencen a pensar en función de todos los ciudadanos; que todos, merecen por igual; y no solamente, en intereses personales y grupales, siempre se tendrán policías y militares inconformes con el sistema, deficientes y en actitud de delinquir.

 

¡Su trabajo debe, y puede ser, mejor compensado! Lo que hace falta es voluntad y justicia social; como dejarse, de tanto bla bla bla.

 

Rolando Fernández

 

 

 

El cumplimiento del deber, demanda satisfacciones

Aunque eran quejas y comentarios que siempre se escuchaban por lo bajo, esta vez parece ser, que la falta de reconocimientos y las violaciones al escalafón dentro de las filas policiales, se ha dejado sentir con mayor acento.

 

El juicio se desprende de una publicación aparecida en el periódico “Hoy”, de fecha 9 de marzo del año en curso, página 13-A, a través de la cual un grupo de alistados y oficiales de la Policía Nacional, manifiestan su inconformidad, por hecho de no haber sido incluidos en los ascensos que se hicieran en ocasión del 27 de febrero, próximo pasado, a pesar de llenar los requisitos exigidos; llevar suficiente tiempo en sus rangos, y dentro de la institución; y, haber tomado los cursos correspondientes para el escalafón policial.

 

Alegan que, sin embargo otros, que no reunían esas condiciones, sí fueron promovidos, atribuyendo las decisiones a influencias políticas, como a su cercanía con la actual jefatura.  También deploraron los privilegios personales que reinan, como la no valoración del trabajo y la entrega con que proceden muchos agentes del orden.

 

La verdad es que, una denuncia de tal naturaleza, por el descontento marcado que se verifica a lo interno de la institución encargada de la salvaguarda de la ciudadanía, como de la preservación del orden público, producto del favoritismo que impera en su seno, según se alega, debe mover a reflexión sosegada, ante la abnegación y sacrificios que impone el combate a la delincuencia y la criminalidad que viene azotando a la sociedad dominicana en estos tiempos.  ¿Cómo exigir, si no damos?

 

Más aun, cuando se piensa en que cada ascenso o promoción policial, implica el beneficio de recibir ligeros aumentos de salarios, prácticamente obligados ya, debido a la carestías evidentes, y el alto costo de la vida, que a todos viene afectando aquí.

 

En consecuencia, es lógico entender que, proceden las revisiones debidas, para que todo agente policial merecedor de un ascenso, dentro del marco del escalafón establecido, claro está, también sea beneficiado, como los han sido otros, aun sin calificar para ello, según lo denunciado. ¡La sociedad dominicana en general, así debe exigirlo!

 

Rolando Fernández

 

 

 

La delincuencia abarca a los pedigüeños adolescentes

Aquí hay muchas cosas de poca importancia, aparentemente, sobre las cuales  las autoridades deben poner mayor atención, para que luego no se conviertan en otro gran dolor de cabeza para el país.

 

Nos referimos a la cantidad de muchachos adolescentes, incluso hasta niñas, que acostumbran a estar en las esquinas donde hay semáforos, limpiando vidrios a los vehículos, pidiendo, o vendiendo pequeños efectos, etc.

 

Los mismos, en su mayoría procedentes de los barrios marginados nuestros, faltos de costumbres y educación, de ordinario se enfadan  sobremanera, cuando los conductores detenidos en las esquinas, a espera del cambio de la luz de tráfico, no les complacen en sus deseos.  Se irritan de tal forma, que insultan a las personas, les amenazan, o les rayan los vehículos.

 

Esa es una situación en la que, más temprano que tarde, los miembros de la Autoridad Metropolitana del Transporte (AMET), van a tener que intervenir, para desalojar a esos muchachos de todas las bocacalles o intersecciones en que se encuentren; pues, muchos de ellos evidencian,  más que, intenciones de trabajar, actitudes delincuenciales.

 

Luego, de continuarse con esa permisividad, se podría estar engendrando nuevos seres, ya adultos, para seguir alimentando la cantera de ciudadanos que ya se tiene, protagonizando suficientes actividades de ese tipo a nivel nacional.

 

También, se podrían producir en cualquier momento hechos lamentables; y, quizás hasta muertes, cuando determinados conductores, asediados por los problemas económicos o emocionales que tengan, traten de responder a las acciones indebidas en las que incurren algunos pedigüeños, enfadados porque no se les da nada, lo cual es obvio, podría provocar un gran escándalo, probablemente, con repercusiones a nivel internacional, por un supuesto abuso contra la niñez; con el ingrediente del racismo que se le atribuye al país.

 

En consecuencia, a los pedigüeños callejeros que se encuentran en las principales vías de tráfico vehicular, hay que ponerles mucha atención. ¡Ojo, señor director de AMET!  “prever es de sabios”, como reza una máxima muy significativa.

 

Rolando Fernández

 

 

 

Hartazgo delincuencial, lenidad y linchamientos

Nadie debe tomarse la justicia por sus manos; y, mucho menos, segándole   eso que llaman vida – que para nosotros es sólo un viaje terrenal transitorio – a ningún ser humano.  Ni siquiera las propias autoridades del orden están llamadas a matar a cualquier ciudadano, así por así, salvo que se vean en la obligación de hacerlo, por razones de fuerza mayor.

Ahora, lo que viene ocurriendo en este país, es que la gente ya está harta de los niveles de delincuencia y criminalidad que aquí se verifican. La población se siente desprotegida y burlada por una justicia mal administrada y lenitiva; como, con la aplicación de normativas legales no aptas.

Luego, esa actitud de algunos segmentos sociales nuestros de autoprotegerse, y juzgar por si mismos  los   actos vandálicos y delictivos de que son objeto, acudiendo a la práctica de los linchamientos callejeros, se debe comenzar a evitar, procurando una administración de justicia más efectiva;  que se modifique el nuevo Código Procesal Penal vigente, para readaptarlo a la realidad nuestra, dejando de lado los modelos punitivos copiados de otras latitudes, que aquí no aplican, y que son  en gran parte, los  que vienen provocando esa situación deleznable,  aunque con justificación relativa.

Es que no se puede continuar, bajo ningún concepto, permitiendo que la delincuencia siga arropando a esta sociedad, y que los promotores de esos eventos penales, se burlen luego de los afectados, por la falta de castigo que impera.

Es que estamos en presencia ya, de una respuesta personalizada de  tipo retaliatorio, prácticamente obligada; que, incluso, podría tornarse más extensiva y contundente, si las autoridades no se inclinan por comenzar a resolver la problemática.

Eso que ocurrió en Yaguate, San Cristóbal, aunque muy lamentable, la lectura que tiene es la indignación y autodefensa; hartazgo de lo que viene pasando en la zona, sin tener a quien acudir, que resuelva.  Es que cunde el miedo y la desesperación se ha apoderado de muchos, ante los tantos hechos reprochables y desaprensivos que acontecen, que muy poco se combaten.

Entonces, el castigar a los  “linchadores”, como es la opinión de algunos sectores, sería acabar con parte del problema; no la solución en sí.  El asunto es corregir el porqué esas acciones sádicas se producen; las causas que están en su base, de todos conocidas; lo que mueve a la gente a actuar de esa manera irracional, para protegerse.

 ¡Es que aquí, la justicia no funciona como debe ser! En eso hay que estar claro; y, los organismos de prevención tampoco están haciendo a cabalidad su trabajo.  Cuando no, también sus miembros son parte del mismo núcleo delincuencial. ¿Y entonces, qué hacer?  Es lo que un sinnúmero de personas dice.

Por tanto, aunque no deben quedar totalmente exentos de castigo alguno, los participantes en esos actos deprimentes, que puedan ser identificados, obviamente, la voluntad política y el combate directo a las causas que están en su base, debe ser lo fundamental.  Las acciones restantes, sólo constituyen puros amagos, y nada más.

 Rolando Fernández

Linchamientos; una cultura de respuesta

Durante los últimos tiempos se ha venido desarrollando a nivel nacional una cultura que reviste  mucho peligro para el país; y es el hecho de que, ante la falta de protección ciudadana, seguridades necesarias y punición efectiva por parte de las autoridades competentes, la gente ha optado por tomarse la justicia por sus propias manos.

Y es que aquí se entiende, que ya no hay a quien acudir para denunciar desmanes y violaciones a las leyes vigentes, que merezca plena confianza, y que el ciudadano perciba la posibilidad de actuaciones de protección y defensa oportunas.

Lamentablemente, es una funesta realidad fehaciente; y que, en opinión de un amplio segmento de los dominicanos,  es el mismo cuerpo de orden policial el que se ha encargado de concretizarla, a través de la permisividad, en términos de las actuaciones indebidas de muchos de sus miembros, desde las que emana  una vasta sombra de efectos negativos, que se extiende hasta empañar la imagen completa de la institución; aunque, sin dejar de reconocer claro está, la seriedad y pulcritud de un buen número de agentes que forman parte de ésta, pero alegan sentirse atados para actuar con libertad, y según sus propios criterios.

Pero además, exteriorizan que, cuando la policía nacional opta por cumplir con su deber, procesando a los delincuentes y perturbadores de la paz pública, entonces algunos de los representantes del poder judicial, bajo el amparo de las muchas debilidades que registran las normativas procesales vigentes, y con el concurso de una serie de abogados en ejercicio, que ya no se consideran como auxiliares de la justicia, sino que se han convertido en cómplices pagados de los imputados, les otorgan libertades bajo fianzas o definitivas,  que luego aprovechan los infractores, de regreso a las calles, para burlarse de los denunciantes, o tomar venganza en contra de los afectados con sus actividades delictivas.

Es por ello que, se ha ido enraizando en el seno de la población la concepción de que, como ni la policía, ni la justicia aquí  resuelven nada, entonces lo que se proclama es que, “yo voy a resolver por mi propia cuenta, cuando me sienta afectado físicamente, u otros vulneren mis derechos”.

 Es más, hay quienes se explayan y sostienen, que la justicia en  la República Dominicana no se pude dejar ya  de tomar por sí mismo, debido a  lo cual se hace necesario adquirir un arma de fuego legal, o no; y, que si es ilegal mejor; pues, como no tiene ningún tipo de registro, se usa y se bota, sin dejar evidencia de nada. Obviamente, es una forma de pensar que hay que tratar de erradicarla de cualquier manera.

Esa es la razón de los linchamientos que con frecuencia se dan, cuando agarran a alguien robando o asaltando, principalmente, ya que ni siquiera la gente quiere ir a la policía a denunciar nada. Pues al decir de muchos, no les hacen caso; o que a veces, cuando se deciden hacerlo, se encuentran con el mismo atracador, y le identifican plenamente, prestando servicio en el destacamento de que se trate, pero que nada se atreven a expresar, por miedo obvio.

Penosamente, esa es la realidad delictiva-social dominicana, que necesariamente alguien tendrá que ponerle el frente y combatirla, ya que lo contrario, habrá que cambiarle el nombre a la Nación, por el de “réplica del viejo Oeste norteamericano”; y muchos se inclinarán además, a propugnar por la eliminación de la estructura estatal nuestra, del Poder Judicial, como actualmente opera, y la Policía Nacional, sustituyéndoles por otras instancias o instituciones que,  a su entender, en verdad garanticen el orden público, la paz social y la aplicación o administración de una justicia plena.

En consecuencia, esperemos que se adopten los correctivos pertinentes, para que ese  rígido pensar no se apodere de la población en general, y que ésta vuelva a recobrar la confianza de otrora, a nivel de esos organismos, innegablemente vitales en toda sociedad, con funciones de tanta trascendencia para la República.

 Rolando Fernández

Disyuntiva, ¿me paro o sigo?

Es la situación en la que normalmente se encuentran algunos ciudadanos que reciben una señal de alto, de parte de las autoridades del orden público nuestras, principalmente durante las horas nocturnas, y en áreas poco iluminadas.

Evidentemente, eso tiene una razón muy poderosa en su base, y es la falta de confianza que se ha tejido en torno a los miembros de la Policía Nacional, debido a una serie de circunstancias de todos conocidas, que innegablemente han afectado sobremanera la imagen de ese Cuerpo.

Luego, el ciudadano ya siente temor e inseguridad, cuando es mandado a detener; y si le es posible, trata de evadir la presencia de las patrullas, para no tener que desacatar una orden de ese tipo, o decidirse por correr cualquier clase de riesgo, si es que decide continuar su camino.

Últimamente, se han dado casos en que algunos agentes policiales han optado por dispararles a las personas que no han obedecido su mandato, ocasionando muertes y heridas injustificables.  Primero, porque no todo el que anda por las calles y avenidas de la ciudad es delincuente; y segundo, la vida de los seres humano, cualquiera que sea, merece respecto ante Dios; y nadie, está autorizado a quitarla, así por así.

En consecuencia, estamos en presencia de dos situaciones anómalas, que necesariamente merecen urgente atención, para tratar de corregirles lo más rápido posible.  La una se refiere a que la sociedad dominicana no puede continuar viviendo bajo un régimen de desconfianza policial, ya que esa  institución resulta imprescindible para el orden público y la seguridad ciudadana.

Que es la entidad estatal a la que todos debemos recurrir para denunciar desmanes cometidos por personas inconscientes, y las violaciones a las leyes vigentes nacionales.  Y, si en ella no se cree, ¿qué podría ocurrir entonces?  Además, ¿cómo es  posible  el temer a quien está supuesto a cuidar vidas y proteger bienes, pagado con los tributos con que contribuye el mismo pueblo?  Son cosas esas que lucen muy preocupantes.

La segunda tiene que  ver con eso de estar disparando, sin saber a quien, lo cual revela un comportamiento inapropiado; pues el agente que actúe, podría estar haciéndolo contra un miembro de su propia familia, o alguien muy cercano a su entorno; y entonces, ¿cómo se sentiría después ese señor, en términos de conciencia?

El problema es la desconfianza reinante, y eso hay que hacerlo desaparecer de una forma u otra. Son muchas las personas decentes, laboriosas y honradas que transitan por nuestras calles y avenidas; y que por tanto, son más que dignas de respeto y consideración. Al igual que no todos nuestros agentes policiales son seres desaprensivos y gatillo alegre, cuya honra resulta afectada también con las actitudes indebidas de aquellos que no  suelen ostentar esas mismas condiciones.

Reflexionemos pues; ya que es una problemática muy conflictiva, que implica atender a dos cosas necesarias e insoslayables a la vez: conservar nuestro cuerpo del orden, con una imagen pulcra y confiable a carta cabal, para la preservación de la paz  pública y la seguridad ciudadana en esta Nación; también,  la obligatoriedad de salvaguarda y respeto por la vida de la gente.

Es indudable que,  aunque largo y pedregoso sea el camino,  ambas condiciones se pueden lograr, siempre y cuando las voluntades y las acciones correctivas pertinentes, no brillen por su ausencia.

 Rolando Fernández