Soledad en el poder, y situaciones judiciales previsibles en contra

La verdad es que, debe ser bastante traumatizante, la salida súbita o no, de cualquier mandatario que se vea obligado a tener   que abandonar la primera Magistratura de una nación.

Máxime eso, cuando se advierte la posibilidad de que, a posteriori, algunos procesos judiciales en su contra, relacionados con determinadas ejecutorias llevadas a cabo durante la gestión de que se trate, muy cuestionadas públicamente, puedan ser incoados por la sociedad que se ha estado representando, al sentir esta, que han sido afectados sus intereses por aquel.

Obvio que, ¡el poder es muy bueno! Y, lo que se tiene que vivir entonces en aquellos momentos normales de despedida, con incertidumbres de ese tipo, cuando solo resta entregar el mando al relevo seleccionado por el pueblo en las urnas, si es el caso, claro está, en los que ya se es, y no se es nada, en términos reales, tiene que desmoralizar bastante a un individuo que haya ostentando tal posición.

Como es lógico entender, ¡eso de señor, y sí señor, con el ahínco acostumbrado, se va apagando entonces!; lo cual golpea, como es natural, el envalentonado ego que cultivan los gobernantes durante la estadía en el alto cargo, por los endiosamientos de que son objeto por lo regular, entre otras cosas.

Después, cuando ya solo se está ocupando transitoriamente un espacio referente de espera, hasta el instante de tener que entregar los “bates” a los nuevos que dirigirán los destinos del país, los “tragos” tienen que ser bastante amargos.

Pues, además tienen que afectar, los abandonos que se van observando de cuántos han estado a bordo de la nave capitaneada por el jerarca político otrora, ¡qué pronto se tendrá que ir!; y, que están aprovechando esos el ínterin, como es natural suponer, para comenzar a mirar hacia otro lado.

Se van alejando aquellos sutilmente, en busca de encontrar una nueva cobija sustituta futura, proveedora de lo anterior, y protectora por demás, con respecto a lo mal hecho en que se pueda haber incurrido, recordado siempre “al echarse la paloma”, como se dice popularmente.

Los pensamientos inquietantes que llegan a la mente del despedido “magnate cabecera”, principalmente, tienen que martillarle sin piedad, y hasta le inducen a inclinarse por desesperadas decisión, de ordinario descabelladas, por lo regular. También, las desidias durante el proceso de transición se hacen notables, parece que motivada por “el ya me voy”.

Obviamente, amén de eso, golpea los ánimos el hecho de que, en lo adelante, se verá disminuido considerablemente, tras perderse el poder, luego de haber estado por un tiempo razonable, siendo el mandamás entre todos los congéneres de su sociedad; haciendo y deshaciendo a mano abierta, por completo; recibiendo los honores de estilo, las pleitesías lamboneriles ordinarias; y, en adición, estar repleto de seguridades a veces extremas, tanto él como sus familiares. ¡Se acabará el “festín”!

Todas esas, condiciones que le hacían sentirse como dueño y amo del universo circundante, a su alrededor pleno; e intocable, ni con el pétalo de una rosa. ¡Más que motivos se tienen, cuando se disfruta del poder omnímodo en un país!

Se piensa ahora, en que tales cosas habrán de quedar en el pasado, lo cual tiene que afectar anímicamente al más “acorazado” hombre, en términos emocionales propiamente; más quizás, cuando la preparación mental previa brilló por su ausencia.

Se ha estado con el ego muy alto, como es racional suponer, y de repente, la población “le saca la alfombra de abajo de los pies”, como reza un decir pueblerino, tanto a él, hasta el momento creído muy importante, sus familiares, y colaboradores más cercanos.

“Les pasa el rolo”, como se dice popularmente. Se procuran los cambios estimados pertinentes. Prevaleció la intención de lidiar con caras nuevas, sea para mejoras sociales, u otros desengaños, de esos acostumbraos a recibir por la población. El asunto es cambiar, para ver qué pasa.

A todos los expulsados del poder – al director y la orquesta completa -, les asalta la reflexión aguijoneante obvia: “nos tenemos que ir; y, solo nos espera el ser juzgado por la sociedad nuestra; tener que rendir cuentas ante esa, por todo lo malo que hiciéramos, aprovechando las posiciones ocupadas; y, esperar por el reconocimiento de lo que se considere loable, si es que algo hubo, como premio de consolación, a nivel de las páginas de la historia patria”.

Claro, el de mayor afectación en el tenor de lo tratado, tiene que ser el gobernante desplazado, tras un proceso electoral organizado, cuando se le dice que no a sus aspiraciones reeleccionistas; y, obviamente, se le rechaza sin ambages alguno.

¡Me voy yo, con el equipo! Los que fueron mis acompañantes pueden encontrar puertas abiertas en otras partes, según sus habilidades, lo cual no es mi caso ya.  Por eso, tratan de apearse del tren rechazado hoy que conduje antes, en la primera estación que encuentren, algo que me molesta, pero que entiendo.

A prepararse entonces, mental y físicamente, para lo que pueda llegar, cuando se deje en definitiva la poltrona presidencial; preocupación que, conjuntamente con el alejamiento de los adeptos que se siente, como por igual los servidores más cercanos, estatalmente hablando – ninguno, exento de nada tampoco, en el sentido de cualquier punición posible a compartir -, producen un fuerte malestar en todos los órdenes, e insomnios prolongados a cualquiera.

 

Autor: Rolando Fernández

 

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Apoyarse en cuánto sirva, no en la politiquería popular

En los actuales momentos por los que pasa la nación dominicana, con una población acogotada, debido a la gran crisis sanitaria de orden covidiano que le azota, como la otra adicional de carácter económico, ambas con  pocas soluciones probables, en el corto y mediano plazo, las nuevas autoridades electas, para poder tratar de sacar un poco a flote este país, tienen que inclinarse, necesariamente, por buscar el concurso y apoyo necesario de ciudadanos con las capacidades, y voluntad requeridas, al margen de las parcelas políticas a las cuales se pertenezca.

Lo de ahora no es cuestión de partidos, como tampoco de politiquerías, ni “graciosuras” femeninas; de gente busca lo de ella, que ninguna tiene nada que aportar, para la solución de las grandes problemáticas nacionales que se verifican hoy. Mucho menos, es cosa de tener que reciprocar a posteriori con los vocingleros destacados durante la campaña electoral pasada.

Sí es un asunto de nación que se tiene de frente, el cual requiere de inmediato la voluntad de hombres y mujeres aptos; que les preocupe el porvenir de esta República; y, que estén dispuestos a sacrificarse por ella; como, por un futuro más promisorio para las futuras generaciones locales, que hasta el momento luce más que incierto.

Hombres y mujeres de valía, con los currículos requeridos, entre los cuales se puede escoger, los hay de sobra en este país. Solo se requiere identificarles y conquistarles luego, para que acepten las posiciones públicas que se les ofrezcan; que estén a su altura, obviamente, y recibir entonces de ellos sus aportes al Estado local.

Claro, se tiene que dar a esos, la libertad pertinente de acción en los cargos que desempeñen, sin los narigoneos palaciegos, ni los tráficos de influencias que de ordinario se estilan entre nosotros. Ausentes esas condicionantes, muy difícil, que nuestros hombres probos y preparados se suban al nuevo tren gubernamental, en pos de colaborar con la República.

Por consiguiente, si las nuevas autoridades en realidad quieren trabajar en favor de la nación, y su golpeada sociedad, tienen que dejar de gobernar, como lo ha sido la práctica recurrente, en connivencia con las corporaciones, y los grupos empresariales poderosos, tanto nacionales como extranjeros, que aquí gravitan,

Deben guiarse, por tanto, en base a las reglas que dicta la Administración de Empresas, y aplicarlas en el más “grande conjunto empresarial a su cargo, llamado República Dominicana”, para las designaciones, y ejecutorias exigibles desde los cargos estatales correspondientes, dejándose de lado las pertenencias partidaristas exigibles, y las reciprocidades por apoyos electoreros, cabe reiterar.

Administrar la República desde el Estado, considerándole como tal, en busca de preservar sus activos – la soberanía nacional el mayor -, y lograr buenas utilidades, que serían el bienestar sostenido de la sociedad nuestra, ¡es lo que debe ser!

De continuarse entre nosotros con los mismos patrones de gerencia gubernamental; o, los paradigmas estatales de siempre, difícilmente, nadie que se respete entre los dominicanos, como profesional en ejercicio, y ejemplar ciudadano, se deje conquistar, para dizque ir a resolver nada en favor de este pueblo.

Y, el país, como es lógico suponer, seguirá siempre sus mismos derroteros calamitosos, hacia un derrocadero bien profundo, en términos de crisis sanitaria – Covid-19 -, económicas, y de otra naturaleza, con probabilidades muy escasas de salir del mismo.

 

Autor: Rolando Fernández

 

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Lo que obliga en lo adelante: promesas hechas durante la campaña

Para cualquier pensante medio, aunque el último proceso electoral dominicano, en medio de una peligrosa pandemia, Covid-19, corriendo un alto riesgo de afectación los votantes, se considere exitoso, por lo obtenido, en términos de lo esperado por la población: un cambio urgente de gobierno, y posiblemente, en muchas de las futuras ejecutorias estatales, es obvio que, no fue así, cuantitativamente hablando.

Según los últimos datos relativos ofrecidos por la Junta Central Electoral (JCE), y publicados por la prensa nuestra, más de un 45% de la gente con derecho a voto, inscrita en el padrón electoral correspondiente, se abstuvo de sufragar en los comicios últimos pasados, porcentaje que se tiene como el más alto en tal sentido, desde 1962, hasta ahora, lo cual en nada resulta halagüeño hoy.

Se está hablando del recogimiento de prácticamente casi la mitad de la ciudadanía apta para el voto, algo que debe llamar poderosamente a la reflexión, en el sentido del deterioro que viene presentando el sistema de partidos a nivel local, y la incredulidad del pueblo en esas instituciones; como, la desconfianza obvia en sus máximos representantes.

La decisión poblacional última, en cuanto a muchos no acudir a las urnas, ha sacado ahora del contexto politiquero nacional a algunos partidos, por los pequeños porcentajes de preferencia logrados durante el certamen; y, ha reducido, por supuesto, el abanico anterior existente de esas entidades, previo al evento comicial de referencia

Por otras circunstancias que se advierten, conexas a la significativa abstención registrada, se pude inferir que, un porcentaje importante de los que sufragaron en esta ocasión, no lo hizo por el PRM (Partido Revolucionario Moderno), propiamente; que se votó en realidad en procura de un cambio de gobierno, a partir de lo nuevo, más potable.

Cabe apuntar que, el PLD (Partido de la Liberación Dominicana) cansó a la gente aquí con las andanzas desaprensivas de muchos de sus miembros en el poder, y la población de jartó de esa entidad en el mando. ¡Se optó, en consecuencia, por pasarles el rolo a los morados, y se logró ampliamente!

No hay que ser muy ducho entonces en asuntos políticos-electorales, para deducir el propósito ciudadano que estuvo en la base del triunfo perremeista: cambiar la forma en que se ha venido gobernando la nación dominicana durante los últimos 20 años; las actuaciones impropias y burlescas de algunos mandatarios que se han estado sucediendo por lustros; y, acabar con el modelo de corrupción, e impunidad vigente en el país.

Otro, que se fortalezca, como debe ser, el maltrecho sistema de salud que opera en la República. Corregir los tropiezos, las deficiencias, y los negocios fehacientes que se verifican dentro del área, ¡ahora puesto todo eso en evidencia clara!, por los efectos incontrolables del Covid 19, que azota inmisericordemente a esta sociedad; y, que dictó el fin de las tapaderas y demagogias recurrentes, a que siempre recurren los políticos del patio.

Procurar en adición, el que se instaure una justicia independiente, al servicio de la sociedad nuestra, que dicte las sentencias carcelarias requeridas, por los desfalcos al Estado; y, en las que se incluya, además, el despojo de todos los recursos económicos mal habidos; como, los otros haberes individuales con que se haya saqueado a la República, por parte de muchos de los políticos de nuevo cuño que se gasta este país.

A determinadas cosas, entre las que se encuentran las señaladas más arriba, se comprometió el partido ganador -sus cabeceras- en las elecciones pasadas, durante los pronunciamientos de la campaña electoral ultima, quedando empeñadas sus palabras ante la sociedad, como se dice; por lo que hoy deben sentirse en la obligación de honrar las mismas.

Pues, de lo contrario, olvidándose de cuánto se ofreciera durante sus proselitismos recientes, cuyos deseos de obtención por parte de los dominicanos, estuvieron en la base de su triunfo, en las urnas, y con posterioridad la estadía en el poder, podría tambalearse, e irse a pique todo lo obtenido, con consecuencias “repercutorias” significativas, como de carácter impredecible para la nación.

Y, estarían sujetos los perremeistas a correr la misma suerte que el PLD, ser sacados del poder, aunque sin necesidad obligada de tener que esperarse el cumplimiento total del próximo cuatrienio gubernamental.

¡“Ojo al Cristo” !, que “el horno no está para galletitas” en Dominicana, como reza un dicho popular. Se necesitan las ejecutorias gubernamentales de orden, y oportunas por demás.

¡Qué cumplan los ganadores!, qué para eso se votó en su favor. Las excusas no eximen de nada.

 

Autor: Rolando Fernández

 

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De la farándula local, y otros espacios, al Congreso Nacional

“Bueeno”, ¡qué candidatazos!” Se “salvará” el país, cuando faranduleros y faranduleras locales, de “poca monta”, como se dice en buen dominicano, que aspiran a ser senadores y diputados de la República, logren alcanzar las respectivas curules a nivel congresual nuestro. ¡Los que se ofertan dentro de esa clase, se consideran por sí mismos, muy aptos!, algo que, no cabe duda, está bastante lejos de la realidad.

Tales son los ejemplares, en su mayoría, que esta vez se promueven en ese sentido, y esperan que la población les favorezca con su voto en el próximo torneo electoral a celebrase en Dominicana, a los fines de destacarse luego, como flamantes legisladores del país.

Y, para completar la “orquesta”, acompañados estarán esos de otros “ejemplares” distintos, aunque por igual descalificados, en el sentido de ir a ocupar posiciones estatales nuestras tan importantes, como de las que se trata; hombres y mujeres, que bien se pueden catalogar de arribistas y aventureros ordinarios.

Amén de aquellos cuestionados, se tienen ahora, ciertos novicios carentes de la preparación y experiencias necesarias, desconocidos por la población, y cuyos únicos referentes son los lazos de consanguinidad con algunos políticos veteranos que militan dentro del ruedo, y los amarres ordinarios que se hacen cada vez en ese ámbito, buscándose padrinazgos, y protección futura.

Por tanto, tampoco son merecedores en realidad los que se adicionan, respecto de sufragio alguno en su favor, por parte de la ciudadanía. ¡Vaya usted a ver los personajes candidateados!

Son personas que, en un alto porcentaje, nada más han sabido ser busca vida dentro de los partidos políticos del patio, o representantes de grupos diversos que les sirven como “bisagras” a esas organizaciones, negocios más que otra cosa. ¡Pueblo, abre los ojos!, que ya está bueno, para que sigan jugando contigo

Qué se puede esperar del grueso de esa gente, en términos legislativos, como de representación a esta sociedad; personas que solamente conocen de cámaras de televisión, los primeros, y de otros medios, los segundos envueltos, en procura de proyectarse, ante un conglomerado incapaz de aquilatar cualidades y méritos acumulados; qué se compra con gran facilidad siempre.

Sí, aquellos que están ahora pretendiendo, ir a elaborar leyes y resolutar sobre disposiciones generales, a observar por toda una población, aunque esas carezcan de fundamentos reales, e interés social alguno. ¡La verdad es que se atreven!

Son ciudadanos, muchos de esos, que en verdad no se autovaloran, y que pretenden estar jugando con la inteligencia de los demás.  Que creen es lo mismo, el estar voceando y saltando sobre una tarima, para agenciarse las simpatías de los públicos indoctos que les siguen, qué legislar para una nación.

Que, por igual, luego de procurarse la aceptación populista de la ciudadanía, a través de sus chácharas televisadas, cuando no radiadas, e   infundadas en adición, pueden ser senadores y diputados de la República.

O, que el estar hablando por algún tiempo, frente a grupúsculos de gente sin conciencia, que se dediquen a escuchar sus sandeces sobre tópicos diversos, les abre las puertas para ir a preparar proyectos de leyes, con sapiencia intelectual, como jurídica; y, luego disponerse a defender con gallardía en los hemiciclos congresuales correspondientes, la aprobación de las iniciativas propuestas.

Ahora, peores son aquellos que entusiasman y patrocinan las pretensiones electorales de ese tipo, buscando “títeres”, claro está; como, quienes les puedan dar respaldo, mediante sufragios en las urnas; apoyando a ineptos a todas luces, habiendo en este país tantos hombres y mujeres con perfiles decorosos y capacidad sobrada, qué bien pueden trabajar en favor de este pueblo olvidado; y a la vez,  devolver al Congreso nuestro, la honorabilidad que ha ido perdiendo con el tiempo, aunque como tal se le continúe denominando en todo momento, al hacer mención del mismo.

¡Pueblo dominicano, despierta!, que ya es hora; pues de continuar votándose de la misma manera cada vez, sin conciencia alguna, respecto, principalmente, de ese tan importante primer Poder del Estado nuestro, por sus atribuciones constitucionales, las cosas seguirán siempre aquí de mal en peor. ¡Qué nadie se extrañe después!

Se carecerá, por supuesto, de quienes representen realmente, y defiendan a esta sociedad. ¡Jamás faltarán en esta República, los lamentos post electorales de estilo!, producto de las inconformidades ciudadanas ordinarias, como las burlas oficiales que se reciben, “connivenciadas” de costumbre, con otros poderes locales gravitantes.

 

Autor: Rolando Fernández

 

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