¡Qué se premie lo bueno, y se castigue lo malo!

 

 

Sin importar la actividad en la cual se participe, los que mal procedan tienen que pagar por sus malas acciones; y, ser severamente castigados, para servir de ejemplos, a los fines de que, aquellos que vengan detrás eviten por todos los medios el incurrir en las mismas prácticas deleznables.

 

Si es que se arriesgan, saben lo que puede ocurrirles; y, no decir, me amonestan por un tiempo, pero después me perdonan, y vuelvo a ser el héroe bien querido, la estrella con todo su “esplendor” de otrora. Lo malo que sea, se pone en el olvido.

 

Durante los últimos tiempos, en que el pasado deporte,  hoy negocio abierto, denominado baseball, ha venido siendo afectado por una serie de comportamientos indebidos de parte de algunos de sus principales actores, managers o dirigentes, y jugadores de cierto prestigio, algunos personajes ligados a dicha actividad, han estado insistiendo de manera sostenida, para que ciertos infractores de esos puedan ser exaltados al “Salón de la Fama” (Cooperstown),  a nivel de las llamadas Grandes Ligas.

 

En ese orden, varias son las  voces se han levantado en pos de que se les exonere de culpa, y queden exentos de los castigos hasta ahora impuestos; que se les reconozca, como se les honre, por lo que fueron en el ayer, ¡qué no fue limpio!, quedando todo como si nada pasó.

 

Pero, ¿debe hacerse? Cualquier pensador independiente, sin fanatismo ni lambedera alguna diría ¡qué no!; que todo aquel que haya metido la pata, por la razón que fuere, en detrimento indudable de la esencia de tal disciplina, que se deje con ella dentro.

 

Eso,  para no deshonrar a todas aquellas grandes figuras, hombres que siempre han merecido total admiración y respeto, por los comportamientos observados, tanto dentro, profesionalidad innegable, como fuera de los terrenos de juego, y que son los que en realidad merecen ser exaltados a cualquier “Salón de la Fama” de que se trate.

 

Tal parece ser ocurrió en esta oportunidad, con la persona de Ken Griffey Jr., quien logró una votación record en la historia de dichos reconocimientos públicos, algo que debería poner a reflexionar a muchos de esos, con proclividad a incurrir en las prácticas dolosas de este tipo, a los fines de que traten de emular a los “netos”, como él fue considerado.

 

Por el contrario, los que hayan burlado la inteligencia de los fanáticos, y de sus compañeros de equipo, recurriendo al uso de sustancias prohibidas para lograr un mayor rendimiento – engañifas – deben sacarlos definitivamente de las boletas de selección; ¡no deben estar más ahí!

 

Son muchos los en verdad valiosos, que se han visto desfilar por esos escenarios; grandes figuras, valores deportivos que siempre han merecido total admiración y respeto; con los adornos loables de lo que han sido sus vidas a nivel personal. Y claro, amén de los destacados desempeños realizados en el marco de esa actividad.

 

Para que no se continúe contaminando a los demás jugadores, como burlándose del  fanático pagador del espectáculo, los que  mantienen vivo ese tipo de evento, ¡qué no se borren las improntas negativas acumuladas, por más rendimiento que se pueda lograr a posteriori!

 

El tratar de que los espectáculos que se disponen en ese ámbito pseudo deportivo ya, no sigan perdiendo parte del prestigio logrado, como ha venido ocurriendo hasta ahora, se reportaría como una actitud procedente. ¡Hágase entonces!

 

 

Autor: Rolando Fernández

¡Nadie es inmortal, recordable sí puede ser!

¡Bajo el planeta Tierra, nadie, ni nada es inmortal! Aunque  una de las acepciones del término es, “duración indefinida de algo en la memoria de los hombres”, ¿quien dijo que por lo regular la posterioridad no olvida lo pasado?

Otra, “que dura indefinidamente en la memoria de las personas”. Afines ambas, como se puede observar. Ahora, ¿de cuáles hombres o personas? Evidentemente, de los que estén ligados al  ejercicio o actividad de que se trate, podría ser, ¡no es que sea seguro!

Es por ello que, en parte no creemos que tal calificación aplique en el ámbito de determinadas actividades mundanas, y menos aquellas que envuelvan algún  carácter lucrativo, como lo es el caso del baseball, por ejemplo, pseudo deporte  convertido en un jugoso y atractivo negocio desde hace ya mucho tiempo. Y que, el ejercer dentro del mismo, se reporta como un trabajo cualquiera.

¡Lo inmortal no muere! “Que no morirá nunca”, que sí es la primera y real definición aparecida en diccionarios, y la cual está directamente asociada con lo que convencionalmente se llama vida. Lo otro se puede considerar como “acotejo gramatical”, o una forma más sutil, como asimilable para los hombres.

El hecho de que cualquier accionar humano pueda permanecer durante un tiempo en la mente de los demás, no quiere decir que será para siempre, reiteramos; que eso lo inmortalice. Puede hablarse con franqueza, de que será recordado y nada más; incluso, solo por aquellos ligados al quehacer de que se trate, vale la pena recalcar. A los demás, poco les importa.

Por grandes que hayan sido las hazañas logradas en ciertas actividades, el tiempo, y los que vengan detrás se encargarán de hacerlas olvidar. No es verdad que permanezcan para siempre en el recuerdo generalizado de los hombres.

De ahí que, siempre hemos considerado improcedente el que a muchos jugadores de la disciplina señalada, se les considere como inmortales, cuando son llevados a los “Salones de la Fama”, en cualquier lugar. ¿Inmortales por qué? ¿Por haber logrado hacer el trabajo para el cual se les pagó? ¿Se les pagaba, sino lo hacían? ¡Contribuyeron con el negocio, y nada más!

Igual tienen que hacerlo, en mayor, o menor grado, los que  les sucedan; y siempre ha sido así, ya que de otra forma  los licencian, los botan sin contemplación los dueños de las empresas comerciales denominadas equipos.

Entonces, lo mejor sería dejarse de estar hablando de inmortalidad; calificar a los destacados como recordables, más bien, en el marco de los ejercicios desarrollados, y en la posición que sea.

Retomando la acepción de “ser mantenido en la memoria de las personas de manera indefinida”, esa sólo aplicaría en realidad en cuanto a aquellos que hayan aportado algo en favor del desarrollo, bienestar, o supervivencia de la humanidad; que a todos  beneficiaran con algún accionar loable: un descubrimiento científico importante, cierto invento real de suficiente consideración; o, hecho predicciones mundanales que se hayan cumplido, etc., etc. Pero, nunca nada que haya estado ligado a cualquier actividad comercial, del tipo que sea.

Incluso, si de mantener en la memoria se trata, se podrían considerar entre esos, hasta los que han causado grandes daños, o incurrido en genocidios, y provocado grandes guerras, etc., en contra de sus congéneres mundanos. Verbigracia: ¿Quién no recuerda a Adolfo Hitler?, entre otros. Él mismo se hizo inmortal, desde esa óptica.

¡De esos sí que jamás nadie se olvida! Sus nombres, y la edificación sobre sus actos, considerados buenos o malos,  se van retransmitiendo de generaciones en generaciones, casi de forma automática, por la validez de sus aportes, o los contenidos de sus daños.

Rolando Fernández

Lucen decisiones contradictorias, ¿verdad?

Con relación a lo que otrora fuera un gran deporte, al que los atletas participantes se entregaban con abnegación, convertido hoy en un pingüe negocio abierto, que todavía continúan llamándole juego de baseball, hay cosas que nunca hemos logrado entender, y que nos gustaría que alguien con autoridad en la materia nos explicara, aun fuera de manera sucinta.

 

Claro, nuestra incomprensión es partiendo  de que, dentro de esa actividad empresarial,  más que otra cosa, se observan actitudes y decisiones que no se corresponden con tal esencia. La misma está representada por la tenencia de equipos –  empresas -, cuyos jugadores, dirigentes y demás, participan como trabajadores cualesquiera de la misma, pues ya no es cuestión de deporte en realidad.

 

Las dos inquietudes que nos asaltan van, primeramente, en la dirección de: ¿por qué hay que botar a los dirigentes de los clubes, cuando los conjuntos no logran ganar, y acumulan récords muy negativos?

 

Los managers son guías, estrategas, las cabezas mayormente pensantes, pero no son los que juegan (lanzan, batean,  corren, etc.) Son los jugadores en realidad los que tienen la responsabilidad de hacer el trabajo requerido; y, si no pueden hacerlo por la razón que sea, es por ahí que se debe iniciar el despedir para comenzar a enmendar. Las directrices no pueden funcionar, cuando no se tiene en el terreno de las acciones a gente que responda. ¡Imposible!

 

Y, más notorio se hace en los torneos invernales, donde por razones de economía, y el cúmulo de ganancias por parte de los dueños de los equipos, se quiere ganar con un material compuesto por novatos mentecatos y delicados, que con razón tienden a cuidarse más que una señorita para no lesionarse, y así evitar fracasos con relación a su eventual ascenso a las Grandes Ligas, que es el objetivo principal de esos muchachos. Cuando no, se recurre a “cohetes explotados”, como se dice, para cubrir las plazas vacantes.

 

Entonces, pagándoles poco dentro del negocio a los peloteros en desarrollo que se utilizan,  y corriendo muchos riesgos probables, no es tanto lo que se les puede exigir. Además, por lo regular los sueldos que devengan los dirigentes siempre están muy por debajo de los que perciben los jugadores. Esto hace de ordinario, que  estos últimos tiendan a  envalentonarse ante los supuestos jefes, y más cuando tienen la etiqueta de prospectos.

 

Para poder exigir altos precios por observar un espectáculo, el producto que se ofrezca tiene que ser de buena calidad. Ese es el gran problema de la baja asistencia que se ha reportado este año en los estadios locales, principalmente el “Quisqueya”, franquicia de los equipos azul y rojo, que se  quedó esperando los fanáticos en esta ocasión, algo que viene produciéndose, aunque en  menor grado, desde hace ya varias temporadas de la pelota nuestra.

 

¿Qué es lo que estuvo jugando, que mereciera ir a verlo, por lo que se estuvieron cobrando excesivos precios de admisión, más todo lo que se agrega tener que costear el fanático?  Entonces, ¡los managers no son los culpables!

 

La mejor muestra está en ese titular de primera plana que  apareció en la prensa local: “¡APAGARON EL QUISQUEYA!”, que así permanecerá hasta octubre del 2015. Y se agrega: “Tigres del Licey y Leones del Escogido no pudieron clasificar, hecho que se cristaliza por primera vez en casi 30 años” ¡Bueeeeno!

 

La misma situación de romper por los dirigentes, también se presenta a nivel de las ligas mayores, aunque con un escenario diferente, motivado por la no escogencia de jugadores todos aptos, y otros demasiado muy bien pagados, que no creemos se dejen dirigir a plenitud por los managers, que por igual devengan salarios excesivamente inferiores a los de ellos, lo que les  hace sentirse estar por encima en orden de importancia dentro de los conjuntos, pero que no pueden hacer el trabajo en el terreno cuando se requiere.  ¡Tampoco, culpables son los capataces de no ganar!

 

En ese tenor de los jugosos contratos multianuales  que firman los clubes con determinados jugadores que denotan, y demuestran calidad, está la segunda interrogante que de ordinario hemos tenido con respecto a dicho negocio. Cualquier pelotero, por bueno que sea, no puede hacer solo el trabajo; se necesita de los nueve jugadores para poder triunfar.

 

Entonces, es lógico suponer que, cuando se tienen dentro de los equipos hombres superpagados, los demás que complementan no pueden sentirse anímicamente de lo mejor, y tratarán de equiparar esfuerzos con los emolumentos tan distantes que reciben; los desganos tenderán a aflorar, pues son humanos, y también se consideran merecer algo más.

 

Eso, asociado con la poca efectividad de los mejores correspondidos en términos salariales, hará bajar muy mucho la producción global  de los conjuntos de que se trate; escasearán por completo los triunfos como es entendible, y siempre esa situación provoca la injusta cesantía de los dirigentes, ¡que no son los que juegan!, se debe repetir.

 

Luego, procurar conseguir entonces quienes en verdad hagan el  trabajo, y no culpar totalmente a los managers de los descalabros que se verifiquen, ¡es lo que debe ser!, por una parte. Y por la otra, reconsiderar la concertación de esos contratos  tan excesivos en términos salariales, buscándose mayor equidad en ese orden a nivel de todos los jugadores.

 

Son aspectos muy cuestionables esos señalados, sobre los que se debe reflexionar, y ser barajados en las mesas de las decisiones por los dueños de los equipos. Es evidente que, denotan contradicciones de mucha consideración, que podrían ir dando al trate con la continuidad de ese gran negocio que es hoy el  baseball.

 

 

 

Rolando Fernández

 

 

Todo pleito no se echa; algunos, hay que saberlos cazar

Dicen muchos abogados de fuste, de larga data en ejercicio, que no proceden como algunos que se les considera seudos juristas, busca cuartos y nada más, que “el mejor pleito es el que no se echa; a veces hay que barajarlos”, sostienen.  Aducen con regularidad que, reporta mejores resultados aquel que se trata de dilucidar, con ganancia obvia para las partes enfrentadas, en base al avenimiento logrado entre las mismas. ¡Loable actitud inteligente!

 

Agregan esos duchos en materia de Derecho que, cuando alguien se decide por pleitear a nivel de los tribunales de justicia, se tienen que prever las posibilidades de triunfo, de lograr lo que se aspira; contar siempre con el poder avasallador que pueda tener el contrario de cualquier índole, principalmente económico, como limitante a encarar, aun le asista la razón al afectado, o demandante.

 

Es por  tal razón incluso que, hay profesionales de esa disciplina que declinan ofrecer los servicios que les son solicitados en determinadas circunstancias. No se arriesgan a perder los casos, cuando advierten muy pocas probabilidades de poder ganarlos; prefieren decir, “no acepto la representación”.

 

El tema viene a colación a raíz del proceso judicial de apelación, por la suspensión considerable de juegos (211), que  fuera objeto un connotado pelotero de las Grandes Ligas estadounidenses,  el señor Alex Rodríguez, de acuerdo con los reportes públicos, en agosto próximo pasado, “por supuestas violaciones del reglamento antidopaje y el convenio laboral del béisbol”.

 

Ahora, a partir de las últimas informaciones que sobre el caso reseñara la prensa local, se infiere que, la situación de defensa personal en que se encuentra envuelto el jugador en cuestión, por las acusaciones que se le hacen, se ha tornado mucho más conflictiva y delicada aún,  tras la demanda que incoara el mismo contra: las Grandes Ligas y su comisionado Bud Selig; como también, el mismo equipo al cual pertenece, los Yanquis de New York, alegando daños a su reputación y perjuicios económicos. (Véase: “Diario Libre”, edición de fecha 5-10-13, página 24).

 

Se puede colegir de tal decisión que, al parecer, el demandante y su grupo de  asesores legales, no han reparado mucho en la fortaleza de los supuestos “dañantes”, básicamente en el aspecto económico; y que, “doblarles el brazo a esa gente”, como se dice, no les va a ser muy fácil, aunque la iniciativa sólo tenga como objetivo el presionar para una disminución en la sanción impuesta, que luce bien difícil el poder quitársela por completo de encima, en vista del flujo de informaciones que sobre el particular han trascendido hasta la opinión pública.

 

De buen juicio sería entonces, que ese asunto fuera manejado de otra manera, para beneficio del jugador sancionado en el mes de agosto del año que cursa por la Grandes Ligas, debido a las razones que se esgrimen para hacerlo; que deben prevalecer las ponderaciones sosegadas, la sensatez mutua, como un alto grado de humildad conexo, dejando siempre de lado la prepotencia y las arrogancias que se observan, a los fines de terminar con ese problema, y con la situación de beligerancia muy cuestionable que le rodea,  la cual viene afectando sobremanera la imagen pública de esa actividad deportiva-comercial hoy.

 

Ese pleito, que se puede considerar como: “el uno contra todos”, no va así por buen camino.

 

El autor es un humilde servidor, ¡y nada más!

 

 

 

Rolando Fernández

 

 

 

Lo que pudo haber visto el equipo de San Luis: Los hombres no son máquinas.

No muy pocos son los que creen, que  los jugadores de baseball, como símbolos de poder, o efectividad, en el caso de los lanzadores, son los que atraen fanáticos a los estadios; y que, sus nombres son eficaces herramientas para el mercadeo inductor que requiere ese gran negocio.

 

¡Pues no!, en un ciento por ciento, según ha quedado demostrado muchas veces.  Lo que en verdad incide en la captación de aficionados, es el rendimiento que se pueda alcanzar dentro del terreno de juego, en favor del equipo al cual se pertenezca.  Cada cual tiene sus años de esplendor; pero, ¡estos pasan!

 

Es lógico suponer que, esos fueron los factores que de seguro debieron haber visto y ponderado los directivos de los Cardenales de San Luis, para no ceder ante las exigencias salariales astronómicas del jugador dominicano Alberto Pujols, y dejarle marchar, tras un largo período de amplias conversaciones, hacia otro equipo del negocio, cuyos dueños y asesores financieros parece ser que no repararon en las probabilidades de fracaso, con respecto a una contratación bajo tan inusuales términos aspirados, podría decirse.

 

Ojalá, que él pueda sobreponerse al desastroso comienzo que ha tenido en esta temporada, jugando para un nuevo equipo, de seguro bastante presionado. Primero, por la gran alta suma de dinero que se le está pagando, a cambio de tan baja producción, como la que hasta ahora está teniendo; y segundo, por el endiosamiento extremo mal asimilado de que fuera objeto a su llegada a la franquicia, el cual no ha podido comenzar a corresponder. Pero además, el mismo egotismo personal que hace inflar,  traiciona muchas veces después.

 

Su caso no es el primero, como tampoco será el último. No obstante, sí debe servir de ejemplo para futuras contrataciones que se perfilen similares.

 

Evidentemente, hay algunos dueños, gerentes y managers de equipos que tienen más visión que otros; más olfato revelador; y que, pueden ver más allá de la curva, como se dice popularmente.

 

Es muy probable que, el caso del citado jugador, nativo de República Dominicana, venga a confirmar la tesis de que hay apariencias con las que se debe tener cierto cuidado al momento de valorarles, en términos de compensaciones salariales a contratar por largo plazo; ya que, el hecho de haber sido un excelente jugador productivo durante unos años, no significa una continuidad segura por mucho tiempo extra, de esas condiciones particulares.

 

Y es que, las mismas tienden a desaparecer por razones obvias, algunas más rápidamente que otras. Por tanto, hay un alto riesgo probable implícito, de mucha consideración, en las decisiones de esa naturaleza, donde hay altas sumas de dinero envueltas.

 

El hecho mismo de que, el susodicho pelotero se haya estado destacando durante una década, inscribiendo cifras productivas de gran valor en los libros de record de esa actividad, hoy seudo deportiva, es un indicador bastante certero, convincente, de que su descenso tiene que estar por llegar de un  momento a otro, pues no es una máquina, es un ser humano; y que, pactar por diez años más con él, con emolumentos tan significativos, tiene que ser altamente riesgoso; ¡tiene que poner a pensar!

 

Por otro lado, también a los lanzadores les pagan para hacer su trabajo; y muchos, son los que le panifican en función de los videos que observan sobre los juegos realizados; donde advierten además, las deficiencias de que adolecen los bateadores a enfrentarse después. Procuran saber, como dominarles siempre.

 

 

En el caso de Pujol, ¡sólo queda esperar!

 

 Rolando Fernández

 

 

 

 

¡Una serie bien pagada y apagada!

Cuantos deseos les quedaron a los dominicanos, de ver jugar en realidad pelota, durante la recién finalizada “Serie del Caribe”, un evento beisbolero que otrora concitaba tantas emociones; que acaparaba la atención del todo país, aun el escenario de juego fuera en otra nación; y, sin importar el equipo  representante   nuestro.

 

Más sin embargo,  en esta ocasión, a pesar de jugarse en el país, todo pasó prácticamente, sin ton ni son, como se dice a nivel pueblerino. Y, no obstante que la representación dominicana saliera victoriosa, obtuvo el campeonato, el sentir emotivo ciudadano fue mínimo, al ganar el conjunto nacional de manera automática, porque otro competidor en el evento, perdió ese mismo  día.

 

Eso significó, que ya poco sentido tenía el continuar jugando, situación ésa que contribuyó a deslucir aun más la parte final de la celebración deportiva, partidos en que se les dio la oportunidad de jugar a prospectos sin experiencia y brillo alguno, no sólo por parte de la novena nuestra, sino también las de los demás países participantes.

 

Indudablemente que, ya la llamada “Serie del Caribe”, ha perdido todo su esplendor y lucidez, y que la razón fundamental de ello está constituida por los aprestos de comercialización que ahora ésta envuelve.  Ya no hay pasión en los jugadores, si sentido de rivalidad, como tampoco deseos vehementes de competir entre los países, como era antes. Mucho menos tienen los promotores, el deseo de montar un espectáculo que en verdad pueda agradar a los fanáticos.

 

Los mercaderes a ultranza de esa actividad, ayer deportiva, comenzando por los equipos de las Grandes Ligas, se han encargado de dañarlo todo; no permitiendo esos últimos en principio, que muchos jugadores con condiciones y calidad, participen en los torneo invernales, bajo el pretexto de las lesiones posibles, por lo que esas novenas latinas quedan a cargo de los novatos y de peloteros que ya han pasado sus mejores tiempos, en sus respectivos países y fuera del mismo.

 

Además, los mejorcitos, como ya están imbuidos en el gran negocio del bate y la pelota, se creen que hay que pagarles como estrellas en el área,  y que se les deben aceptar todas sus malas crianzas, brutalidades, engreimientos, etc.  Pero además, tampoco  lo ofrecen todo en el terreno de juego; “lo cogen de vaina”, como se dice en el argot popular.

 

Entonces, para conformar los equipos a participar en la “Serie del Caribe”, se tiene muy poco para escoger, y con las exigencias de altos pagos.  Muchos entienden que hay que remunerarles en dólares norteamericanos, al margen de la unidad monetaria de los países participantes.

 

Ese parece ser uno de los motivos por el cual, los montadores del espectáculo en los países sede, les tienen que cobrar en dólares a los fanáticos que asisten a presenciar los juegos en los estadios, lo cual eleva considerablemente los costos en que tienen que incurrir los espectadores, y golpea por supuesto los niveles de asistencia, hacia abajo.

 

Tal situación se produjo este año en Santo Domingo, cuya moneda de curso legal es el peso dominicano, según la Constitución de la República. Sin embargo, se estaban cobrando las entradas al estadio, en dólares, lo que de seguro influyó de manera negativa en los niveles de asistencia; y, por consiguiente, en la rentabilidad del evento.

 

Es obvio que, para la que imagen de ese mini torneo invernal entre ligas, no se siga deteriorando más, con posibilidades de desaparecer su montaje dentro de dos o tres años, los promotores del mismo tienen que revisar todo ese marco normativo que rige desde sus inicios; adaptarle a los nuevos tiempos y circunstancias.  Pero también, restarle lo más posible a ese espíritu de “mercurialidad” presente, que es lo que más predomina hoy, y lo que tanto daño le está haciendo.

 

¡De lo contrario, se puede ir redactando su panegírico! Ahora, es muy posible que muchos estén equivocados;  que sean ciegos o tarados; y que, no pudieran ver y aquilatar los que en verdad ocurrió con dicha Serie, ya que el flamante presidente de la Liga de Béisbol Profesional de la República Dominicana, y del Comité Organizador del certamen, dijo a la prensa nacional, “que ha sido una de la mejores de los últimos años”.

 

Si ésta fue mejor que otras anteriores, las del ayer se pueden considerar extraordinarias, y hasta “paradisíacas” en todos los sentidos.  Claro, es posible que ese señor esté hablando de esa manera, en término de los beneficios logrados, que siempre proporcionan los patrocinadores comerciales.

 

En los otros órdenes, hay que tener bastante tupé y cara dura, para calificar de esa manera algo que, la generalidad de los fanáticos entienden no sirvió; y que, los juegos de la serie final de campeonato nuestra, fueron mil veces mejores, y más emocionantes, que los celebrados durante ese último y deslucido evento caribeño, con una pírrica victoria para el país.

 

Rolando Fernández

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ningún jugador vale tanto; se necesitan nueve para ganar

La sobrevaloración de toda persona, a nivel de cualquier tipo de actividad, sin importar de la índole que sea, difícilmente reporta buenos resultados.  Y más aun, cuando el logro de los objetivos planteados depende del concurso de todos cuantos interactúan dentro de una labor específica.

 

El no ponderar esa situación puede conducir en ocasiones al fracaso colectivo, debido a que, cuando un solo hombre es sobrevalorado tan por encima dentro de un conjunto, los demás se sienten estar muy por debajo, y con regularidad condicionan mentalmente su rendimiento al momento de actuar, en función de las exorbitantes diferenciales salariales existentes, si es el caso.

 

Dice un viejo refrán que, “una sola golondrina no hace verano”; y esa es una gran realidad, muy aplicable por cierto a los que participan dentro del negocio de las bolas y los strikes (baseball), y que se creen “megas estrellas”; algunos incluso, porque el factor suerte les ha acompañado temporalmente.

 

Se consideran superdotados,  y con una economía físico-biológica de acero, que entienden como intocable, ante los riesgos probables de las serias lesiones corporales a que están expuestos,  como de los accidentes propios del trabajo que deben realizar.

 

Es la situación que se viene presentando con algunos equipos de las llamadas Grandes Ligas, al momento de la renovación de determinados contratos suscritos con ciertos jugadores, que creen que sólo a ellos hay que pagarles jugosos salarios, y que los demás componentes del conjunto, no cuentan para que se les pueda dar un trato más equitativo en ese orden.

 

Parece ser que, nada más son los mejores pagados los que juegan, y los que pueden hacer llegar a la novena hasta la post-temporada, que es la gran meta a alcanzar; y donde también,  recogen pingues beneficios económicos los dueños de esas empresas beisboleras.

 

La práctica de esas alarmantes contrataciones a uno o dos jugadores, para que salgan al terreno de juego a tener obligatoriamente que realizar una labor conjunta con los demás, tiene que ser revisada y normada, a los fines de que se proceda  de manera más equitativa, por el bien de ese negocio.

 

No demasiado a unos, y muy poco a otros, cuando todos tienen la misma responsabilidad dentro del terreno: jugar y rendir para el equipo.  Aquellos que crean que nada más ellos merecen, que jueguen solos, para ver si pueden ganar.

 

Dueños de equipos, y personal asesor, ¡a pensarlo bien! La gran confrontación que en la actualidad tienen los dueños de la NBA con los jugadores básquet-bolistas, poniendo en peligro la presente temporada, es un significativo espejo para verse y meditar.

 

 

Rolando Fernández

 

 

 

Un gasto estatal injusto

Ya se ha convertido en una práctica ineludible para el Estado Dominicano, el tener que incurrir anualmente en cuantiosos gastos para acondicionar y remodelar los estadios de baseball profesional que operan en el país, en ocasión de  inaugurarse cada torneo rentable de la actividad; que sólo beneficia a los jugadores y a los dueños de los equipos. (Véase periódico El Día, del 23-8-10, página. 36).

Es una lástima que, con las precariedades nacionales que se verifican en la actualidad, en términos de salud (verbigracia: el pormenorizado y penoso reportaje que hace el periódico Listín Diario, en fecha 23-8-10, respecto de la forma precaria,  desastrosa e ineficiente en que operan la sala de emergencia y otras áreas del Hospital Darío Contreras, bajo el título “Un día en  el Darío”), educación, servicio de energía e inseguridad ciudadana, el Estado nuestro tenga que erogar grandes sumas de dinero, para reparar los estadios; y, ponerlos en condiciones optimas, para el montaje de un espectáculo comercial, tintado hoy con mínimos ribetes deportivos, de los tantos que otrora  adornaran el llamado “pasatiempo nacional”; y que, en el presente, nada más proporciona pingües beneficios personales.

En consecuencia, resultaría más que aconsejable que, dado el déficit presupuestario-fiscal que se alega, en alta voz, a nivel de las esferas gubernamentales, y las presiones indirectas que ejerce el Fondo Monetario Internacional (FMI), para que se aumenten los impuestos y la tarifa eléctrica, en contra de la población menos pudiente, el Gobierno Central se inclinara por dejar de lado ese tipo de compromiso; y, que sean los magnates beisboleros del país, quienes  se encarguen ellos mismos, de preparar los escenarios correspondientes para su jugoso negocio anual.

Pero además, que se eliminen las exoneraciones en la importación de determinados útiles para tales propósitos, y que se impongan los tributos debidos, de otro orden, dadas las características mercuriales que ahora exhiben los promotores de la actividad, al igual que los participantes directos en el terreno de juego.

Luego, el Estado Dominicano, no debe continuar subvencionando un negocio de particulares, en contra de la satisfacción de las tantas necesidades sociales de carácter prioritario, que demanda la sociedad en general.

 Rolando Fernández

Sin esteroides, sí merecen exaltación

Como todas las cosas en este mundo actual, que han ido perdiendo su verdadera esencia, para convertirse en actividades comerciales de las regentes, la disciplina otrora deportiva  del baseball, se ha desnaturalizado por completo; sólo restando en parte por desaparecer, algunos de los fundamentos que se aplican en el terreno de juego.

Después, es muy poco lo queda de las actitudes ético-profesionales que adornaban la práctica anteriormente,  en aquellos que se dedican a la misma en la actualidad, y que forman parte de todo un tinglado empresarial, haciendo de ésa su campo remunerativo de trabajo, aun sea contagiando el desarrollo debido, para un mayor rendimiento, con el uso soterrado de sustancias químicas, que desde luego, reportan mayores condiciones, respecto de aquellos que no las usan, por principios morales y de lealtad al fanático, que es el que paga por el espectáculo.

Los últimos tiempos del baseball han sido considerados como la “época de los esteroides”, en la que ha habido una serie de escándalos mayúsculos, protagonizados por jugadores estelares del llamada “gran carpa”, en que se les ha caído la careta a muchos, cuyas marcas y récords establecidos han pasado a estar en tela de juicio, porque indiscutiblemente, los lograron a partir de esas prácticas  dolosas e impropias, ante los demás jugadores compañeros, lo que cuestiona en gran medida también, su calidad en esos menesteres.

Vimos no hace mucho, como se estremecieron las bases de la actividad beisbolera, a nivel de las grandes ligas, cuando salieron a relucir algunos nombres muy sonoros, incluidos en una famosa lista de más de cien (100), peloteros usuarios de sustancias prohibidas (esteroides), cuya realidad comprobaron las autoridades correspondientes.

 Entre los señalados, unos cuantos resultaron confesos, mientras otros no, lo cual originó sanciones severas, que ya se han cumplido incluso, de hasta suspensión por cincuenta( 50) partidos de juego; como además, aperturas a juicios procesales, bajo la  imputación de perjurio, en contra de aquellos que optaron por no revelar la verdad del asunto en su momento.

No cabe duda de que esa situación, más el ingrediente adicional de los nombre no revelados aún, ha desacreditado bastante el negocio del baseball actual. Y que, la gran interrogante a plantearse ahora, es sobre la posible exaltación al “Salón de la Fama del Baseball”, del otrora deporte, de los que han incurrido en esa práctica anómala, no obstante los números acumulados; que indefectiblemente, tienen esa mancha imborrable, malsana, y perjudicial, en contra de los demás compañeros jugadores.

Esa es una decisión que tendrá que ser muy bien ponderada, por los más altos representantes del baseball, en el eventual acto de elección correspondiente, para no seguirle quitando prestigio a esa connotada actividad, norteamericana principalmente.

Tampoco, restar méritos a las actuaciones de renombradas figuras, incluidas ya en el mismo, y que se reportan dignas de emulación por parte de la juventud, como Willie Mays, Babe Ruth y Hank Aaron, que alcanzaron sus hazañas de manera lícita; en base a condiciones y desarrollo de cualidades propias; no usando esteroides, que probablemente hasta eran desconocidos en sus épocas; y, mucho menos, burlando la inteligencia de los fanáticos, que siempre merecen respeto, por su gran colaboración en términos económicos, para poder mantener vivo el espectáculo

Ahora, cualquiera batea 600 jonrones, con esteroides,  lanzadores mediocres; y, sabrá Dios que otra cosa.  No merecen tantas loas los de estos momentos, y muchos menos, pensar en exaltación al “Salón de la Fama” (Cooperstown).

Los más puros, son los dignos de figurar ahí.  Eso no se puede olvidar nunca.

Rolando Fernández

Un contrasentido empresarial

Aunque muchos ilusos, y otros, apañadores por conveniencia, debido a que hábilmente viven con facilidad de eso, hablando y haciendo comentarios aéreos sobre todo tipo de deportes, algunos que aquí ni siquiera se conocen,  no hay que ser muy inteligente para saber que todos esos equipos que representan aparentemente ese tipo de actividad, no son más que empresas constituidas con fines lucrativos.

Ya los llamados deportes constituyen un negocio altamente beneficioso, con principalía en el baseball y el baloncesto.  Son demasiadas las personas que viven de eso, amén de los jugadores.  

Grandes son las inversiones que se hacen para tal propósito; y, mucho lo que se desestimula la formación académica profesional de jóvenes aptos para otras disciplinas de mayor importancia para la humanidad, porque les llenan los ojos con grandes sumas de dinero los conjuntos en pugna, cuando son muchachos que reúnen condiciones optimas para ese trabajo físico.

Vemos con frecuencia que algunos jugadores, aun teniendo las habilidades y condiciones requeridas, no satisfacen después las aspiraciones de los gerentes y managers de los equipos, por muchísimas razones; se lesionan, como humanos que son; o, los presupuestos de calidad con respecto a los mismos, fallan.

En consecuencia, sus malas actuaciones afectan el desenvolvimiento general de los equipos, y estos no pueden lograr sus propósitos de competencia, o de triunfo divisional, a pesar de los altos salarios pagados a  determinados jugadores.

Y, es aquí, donde surge precisamente el gran contraste, en el sentido de los que pagan el precio del fracaso con ser despedidos – los dirigentes o managers – que ni batean, ni pichan, ni corren, en el caso de la pelota, por ejemplo; que son los estrategas que dirigen las acciones en el terreno, pero que no las ejecutan; amén de que los emolumentos salariales que de ordinario reciben, están excesivamente siempre  por debajo del de la mayoría de los jugadores que componen el equipo.

Y, lógicamente, se advierte en esa situación un contrasentido de carácter administrativo empresarial; pues lo que debe ser en esa temática es que quien dirige reciba un salario mayor que el dirigido, por la razón de la  responsabilidad que supone el cargo, que es de  alcance general.  Y, aunque las actividades principales  aquí difieren, en términos de realización, por el tipo de empresa, es algo que se debe ponderar sosegadamente, para procurar una mejor adecuación. Andan por ahí, muchos seudos cronistas y comentaristas deportivos, que ganan más dinero que algunos dirigentes de equipos, y que hasta osan criticar sus decisiones, desde fuera del terrenos de juego.

En esos escenarios beisboleros y baloncestistas, cuan difícil debe ser para un dirigente lidiar o manejar a esos jugadores engreídos, petulantes, con afecciones psicológica múltiples, de baja formación académica, la mayoría, superpagados, y que se creen “estrellas” a todo dar.  No debe ser tarea fácil.

Pero además, el otro gran conflicto que surge muchas veces, y que tienen que afrontar los managers, se refiere a las diferencias salariales entre jugadores de un mismo equipo, abismales por lo general, teniendo que dirigirse a todos igual, y probablemente, con el mismo nivel de exigencia, en cuanto  al rendimiento requerido; pues, el juego es en equipo; y, los peloteros que se tienen como los mejores, solos no hacen nada; es la labor participativa de nueve personas en el terreno, jugando.

Esa mismas diferencias significativas en los salarios de los jugadores, resta entusiasmo en algunos, que se sienten estar subpagados, teniendo que hacer un trabajo similar al de aquellos que reciben grandes cantidades de dinero, por jugar también.  Luego,  al estar los resultados en función del juego participativo de todos, las displicencias particulares por tal razón, afectan al final.

Por dicho, se debe entender bien, que la sustitución de un dirigente, cuando las cosas no están yendo como se espera, por falta de productividad en el terreno de juego, no es el correctivo más aplicable; sino que el asunto tiene que ser analizado y decidido, en un marco administrativo y regulatorio más amplio, que abarque a todos los integrantes envueltos en la actividad; principalmente, los que mayormente hacen ganar o perder, los jugadores; en su comportamiento, rendimiento y apego a los fundamentos que rigen el juego.  No es que yo soy estrella; es que hay que jugar para el equipo, que es una empresa.

El autor es profesor en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

 Rolando Fernández