La ingratitud tiene un alto costo punitivo futuro.

Probablemente, una de las actitudes más deleznables y dañosas en las personas, acompañada del sentido de deslealtad y desatención  inherentes, es la ingratitud, por sus efectos nocivos comprobados casi en lo inmediato, como el alto grado de inducción que conlleva, el cual promueve evidentes cambios significativos en el comportamiento a observar en el porvenir, por parte de quienes son objeto de su impacto directo.

 

Ella puede provocar una especie de “autoacorralamiento” personal, o de marginación, tanto a nivel familiar, como social propiamente, en todos aquellos que proceden de tal forma, con tendencia a experimentar limitaciones obvias, y recibir de inmediato el castigo de la indiferencia, como el desprecio de la gente relacionada, que se sienta dolida con el accionar ingrato.

 

Las inclinaciones humanas de ese tipo, por lo regular van produciendo modificaciones drásticas en el accionar incondicional de los demás congéneres, reiteramos, que luego tienden a actuar de forma muy indiferente, y dejan de asistir a otros con igual ahínco, o simplemente no lo hacen.  Se comportan a posteriori, como ciegos e indolentes, si caben los términos, ante las circunstancias ajenas, ya no deseando servir de manera desinteresada en cualquier ámbito, como se era proclive con anterioridad.

 

Y es que, la actitud de servicio, y la disposición altruista plena que en el pasado caracterizaba, se van diluyendo.  Los desagradecimientos, como la falta de lealtad y consideración conexas, no merecidos, contribuyen rápidamente a irles minando hasta hacerles desaparecer por completo.

 

Pues, aunque nunca se debe hacer nada esperando ningún tipo de recompensa, el ser humano no está exento de susceptibilidad, y de alguna manera, el mal proceder ajeno siempre hace sentir mal a los oferentes sinceros,  que siempre han estado dispuestos a prestar  servicios desinteresados.

 

Claro, la ingratitud – falta de reconocimiento -, como todas las acciones humanas incorrectas, despreciables, tiene un alto costo punitivo futuro, cuya factura es pasada en el momento menos esperando, por razones de índole muy natural, cuya ley atribuible, es  aplicada de manera inexorable.

 

“Cada cual recoge lo que siembra”, frase clásica, que no solamente aparece como máxima incuestionable en el marco de las enseñanzas esotéricas, como es lo que muchos creen, sino en el mismo contexto convencional de las Sagradas Escrituras (Biblia). Véase Gálatas, capítulo 6, versos 7 y 8), que está a la mano de todos.

 

Las personas ingratas, por lo regular se derrumban de repente con gran facilidad; y, al ser ése más bien un sentimiento negativo, no visible obviamente, sino “intuible” por completo, o apreciado nada más por quienes de forma directa son impactados, no muy pocos se quedan boquiabiertos cuando esa situación se produce, preguntándose el porqué eso ocurre.

 

La gente que no agradece, y que pronto olvida cuanto recibe, de ordinario no repara en que el ego humano, culpable de todo, tiene cierto parecido con una bola de nieve, que se infla con mucha facilidad cuando la situación climática le favorece, pero que también se desvanece tras cualquier circunstancia adversa, con mucho mayor rapidez. Igual ocurre con las personas que viven envalentonándose, analógicamente hablando, mirando a los demás por encima de los hombros, según se expresa en el argot pueblerino, por inducción de ese falso ser.

 

Dice un viejo refrán que, “el mejor testigo, y juez a la vez de todas las cosas, es el tiempo”. De ahí se infiere que, sólo hay que esperar para ver, o escuchar sobre sentencias recibidas. Muchos van más lejos, y de manera simbólica expresan: “lo mejor es sentarse en la puerta del cementerio, a ver pasar el cadáver”.

 

El autor es un humilde servidor, ¡y nada más!

 

 

Rolando Fernández

 

 

 

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