¡“Qué morir tenemos, ya lo sabemos”!

Esas significativas cortas frases, fueron plantadas en nuestra mente por un hombre bastante mayor ya, siendo nosotros apenas un niño, debido al deseo ferviente que mostró aquel señor al pronunciarlas, partiendo de su gran sentido, para instruirnos con respecto a nuestro accionar futuro; que fuera siempre apegado a la honra de toda obediencia decretada en cuanto a las tradiciones religiosas, como esa, por ejemplo, que corresponde a la Semana Mayor, al margen de que se pudiera estar o no de acuerdo con ella.

Y, diciéndonos en adición, el que no tú creas, no significa que las celebraciones en ese orden no tengan méritos; que los hechos alusivos dejen de ser verdaderos, y que sirvan como marco instructivo para los procederes correctos.

Pero además nos dijo, procura siempre que la humildad, el amor incondicional al prójimo, y la disposición al servicio en favor de los demás, permanezcan siempre a tu lado como fieles compañeros, como muestra de adhesión a los contenidos de esas expresiones, guías para la humanidad.

Según él nos explicara, se utilizaban aquellos decires entre personas de avanzada edad en San Pedro de Macorís, Dominicana, para saludarse en los encuentros durante todo el día de Viernes Santo, como una forma de respeto a la ocasión, y como pensar relativo directo a la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, el magno instructor para la Era Cristiana.

¡“Qué morir tenemos”!, decía el primer interlocutor, mientras que el segundo respondía, ¡“ya lo sabemos”! Ambas se pronunciaban con real énfasis sentido, según él nos expresara. Jamás hemos podido borrar de nuestra mente esa dos frases, tan significativas y verídicas, asimilables en el contexto de cualquier religión a la cual se pertenezca. Pero sobre todo, por las explicaciones u orientaciones con que fueron complementadas, que de mucho nos han servido a posteriori.

Todo hombre (general) sabe que tiene que morir, como se dice convencionalmente, al tiempo que desconoce el día, y momento precisos, en que se producirá el deceso; por lo que, el concienciarse sobre la naturaleza de ese acto, y prepararse  mentalmente en cuanto a su aceptación, como adoptar los procederes conformes, sería lo más aconsejable, o pertinente.

Es una concepción ésa, que obviamente resulta muy chocante, cuando uno se percata de determinados comportamientos personalizados que se verifican, en términos egotistas, avariciosos, antihumanos, etc., que evidencian muy bajo nivel de conciencia en determinados hombres.

Se dan por lo regular en personas que miran a sus congéneres por encima de los hombros; que mientras más tienen, más quieren; faltas de humildad en todos los sentidos; y mucho menos, prestas a servir un tanto siquiera a sus semejantes. Que se creen inmortales; que nunca les va tocar partir del planeta Tierra. ¡Cuán equivocados viven y  accionan!

A veces, les toca terminar con el curso terreno de aprendizaje a que asisten, de forma súbita, cuando no es que, se les detecta alguna enfermedad terminal, como condicionante para fallecer físicamente, y entonces se derrumban de inmediato.  ¡El mundo se les viene encima!

No tienen tiempo ni siquiera  para recoger nada, de todo aquello por lo que tanto se afanaron durante su subsistencia física, y a lo  mejor hasta maltrataron a otros. Se ven obligados a regresar de nuevo a su verdadera casa con las manos vacías por completo – nadie se lleva nada -, pues olvidaron que realmente se es una entidad espiritual encarnada en busca de  experiencias humanas, y que la verdadera morada nuestra está fuera del Universo manifiesto.

¡Cuánta falta hace la concienciación, respecto de saber quiénes realmente somos!  Solo hay que mirar ese tipo de gente envalentonada, y dejarla que continúe su camino; pues, tampoco aceptan que nada se le diga. Y, de seguro, el observador interno siempre estará preguntándose: ¿qué es lo que ésta, o éste se cree?

La mejor decisión sería, amén de actuar en función de nuestra verdadera esencia – espiritual -, ¡vivir hoy, pensando que nos vamos mañana de este plano de la materia física!  Y que, todo lo religioso con sentido traslativo hacia lo esotérico profundo, como es el caso de llamada “Semana Santa”, debe ser respetado, independientemente de la creencia o fe que se tenga.

No se deben asumir actitudes burlonas, de francachelas, romerías, y actos desaprensivos reñidos con los cánones morales definidos para observación por parte de las sociedades en general, durante ese período específico.

El año tiene varios fines de semana largos, que bien pueden ser aprovechados para los disfrutes mundanos de estilo. Entonces, ¿por qué no guardar uno, con sentido de orden religioso-espiritual? ¿Se pierde algo con eso?

En consecuencia, ¡procede la reflexión sosegada antes de actuar durante la época!

Rolando Fernández

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