¡Qué fácil era parir ayer!

¡Cómo cambian los tiempos! La verdad es que, tanto el modernismo, y la propensión al empresariado médico mercurial, se han llevado de encuentro muchas cosas humanas que se reportan como naturales, tal se verifica el caso de la procreación con efectividad, y el parir femenino, sin ningún tipo de problema.

Evidentemente, razones hay más que suficientes para justificar las variaciones actuales en ese orden: cuidos corporales ausentes hoy en la mujer, maternidad inoportuna por causas diversas, el uso ordinario de contraceptivos, para no parir; y, en adición, la mercurialidad en el ejercicio de los  médicos, que hacen provecho de la ignorancia de muchas féminas, en cuanto al funcionamiento fisiológico-biológico de su organismo, si es que cabe la combinación.  No hay que ser profesional de la medicina para hablar sobre ciertas cosas a ese respecto.

El leer el importante reportaje que hiciera Adriana Peguero, y que aparece publicado en la página 14ª, del medio “Listín Diario”,edición de fecha 19-1-15, sobre la señora Agustina Valdez (Ramona), que se le estima tener más de 110 años de edad, y que ejercía como agricultora y partera (comadrona) a la vez durante su época de capacidad física, nos hizo recordar nuestra infancia y reflexionar al mismo tiempo sobre cómo han variado las cosas, cuando de parir y asistir en ese acto se trata.

Y es que, la mujer que nos trajo al mundo (madre), tenía una amiga de juventud que también ejerció como partera, y que además trabajó durante algún tiempo como enfermera de uno de los más connotados ginecólogos de su época, a la cual visitaba asiduamente, y siempre nos llevaba como acompañante.

Conversaban ambas con mucha frecuencia sobre el tema de la maternidad, y su práctica no titulada, en base a lo que ella (doña María Ramona) entendía un don divino que le fuera concedido, y su experiencia acumulada para traer seres humanos al mundo.

Como el muchacho cuando escucha todo lo retiene con facilidad, meditando sobre el susodicho reportaje, recordamos cuánto decía  aquella señora, que por cierto también llevaba el nombre de Ramona, en adición a María, aunque como nombre de pila, no apodo.

Se expresaba doña María Ramona, que siempre decía haber traído al mundo a muchos renombrados profesionales de la época, más o menos en los siguientes términos: “el parir en la mujer es algo tan natural, que ella puede hacerlo hasta sola, con muy poca asistencia de otra persona prácticamente; y que, la edad cronológica, como la alimentación, y el cuido corporal, eran los factores de mayor importancia a tener en cuenta”. Agregaba que, “los problemitas que se pudieran presentar se podían resolver, en mujeres bien cuidadas, y que parieran dentro del período más o menos normal (22 – 30 años) de plena fertilidad femenina, siempre eran manejables a nivel residencial”.

Hoy,  que Adriana Peguero publica sobre las declaraciones vertidas por la señora Agustina Valdez, sus hijos, y conocidos cercanos, en el orden de sus quehaceres agrícolas y de partera al mismo tiempo, obligados teníamos que recordar aquellos conversatorios que escucháramos en plena niñez, y llegar a la conclusión de que cada ser humano nace con dones que les son muy propios.

Porque, para atender a una mujer parturienta, en un acto que, por natural que sea, reviste bastante delicadeza para la salud de la madre y la criatura, por parte de alguien sin ninguna titulación referente, y amén de ser analfabeta, se deben reunir condiciones excepcionales, que no se adquieren en una universidad, o en libros.

Incluso, fue algo heredado de su madre, a confesión de doña Agustina, quien fue atendida en los partos de sus siete hijos por su misma progenitora, como igual lo hizo con los de sus hermanas.

¡Qué fácil era parir entonces!, cuando personas iletradas, sin conocimientos médicos, podían atender a las parturientas, cortar el ombligo a los recién nacidos, como se dice de ordinario, y supervisar a ambos durante los denominados días del riesgo (41), de los que hoy tantos médicos y mujeres se ríen, y dicen que eso era ignorancia.

Sin  embargo, ese reposo en el pasado se consideraba como algo lógicamente requerido, para descanso y reubicación necesaria de los órganos de reproducción femeninos, obvio entender después del parto, amén de que, también estaba asociado con prescripciones de orden bíblico entendemos. Véase: Levítico 12, Antiguo Testamento, Sagrada Biblia).

La observación de los comportamientos femeninos otrora, en cuanto al parir, como el resguardo posterior requerido, cuidos corporales y demás, evitando los llamados desarreglos durante su vida fértil, permitían el tener todos los hijos deseados de manera sencilla y sin contratiempos.

No era necesario el tener que estar recurriendo a cada momento donde los médicos, como ocurrió con doña Agustina, que aún logra conservar la buena salud, y la cual nunca ha tenido que ir donde un facultativo, según expuso. De ésa mismas prerrogativa también pudieron disfrutar todos sus hijos.

Sin embargo, cuán difíciles se tornan esos asuntos en los tiempos modernos. Hay que jugar un “san” mensual  con los médicos, amén de la diarrea de estudios revisores de seguimiento que se ordenan. Muchas embarazadas tienen incluso que pasar gran parte del embarazo acostadas, inutilizadas prácticamente, y terminar por lo regular con una operación cesárea. Eso de parto normal pasó a la historia hace mucho tiempo.

Y entonces, ¿cuándo era más fácil y menos riesgoso? Con las comadronas, en el marco de cuánto debe ser, y lo natural por supuesto. Lo que ocurre es que, hoy se ha querido romper con todo lo dispuesto por la Madre Naturaleza. ¡Se inventa mucho, y se le  desobedece!

Las féminas se atiborran de anticonceptivos en la mayoría de los casos; quieren parir cuando les viene en gana, al margen de las estipulaciones cronológicas, o cuando  conviene “victimar” a alguien por razones económicas. Y claro, los médicos se aprovechan del escenario creado, para buscarse lo de ellos.

A muchas de las modernizadas y alienadas mujeres de hoy, bien que les convendría leer y meditar sobre el contenido del mencionado trabajo publicado por Adriana Peguero, que ha servido como referente aquí, a los fines de concienciarse sobre muchos aspectos que conciernen a las mismas, relacionados con lo tratado.

Así podrán establecer las marcadas diferencias entre el ayer y hoy, y evitarse los riesgos probables envueltos que acarrea el procrear y parir a lo moderno; como, producto claro también, del mercantilismo fehaciente de muchos facultativos médicos en la especialidad, algo que nunca estaba presente en el ejercicio pasado de las comadronas o parteras, las cuales trabajaban más bien por amor y vocación de servicio a sus iguales congéneres (mujeres), al extremo de que,  por regular, hasta bautizaban a los niños que recibían en sus manos en este mundo. A los pocos meses de nacer, los hacían sus ahijados, con el compromiso que eso implicaba entonces.

Rolando Fernández

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