¡Contribuyamos todos!, a combatir la delincuencia y la criminalidad

En un país como el nuestro, donde las ostentaciones personales no faltan, y en el que las desigualdades sociales se hacen cada vez más notorias, como producto de los desequilibrios a nivel económico, que tantos entienden provenientes de la obtención de fortunas regularmente mal habidas, en ámbitos diversos del quehacer nacional, la delincuencia y la criminalidad se pueden considerar como respuestas contestatarias al régimen de impunidad vigente, propulsadas por los desposeídos, y sin esperanza, que tal situación ha promovido, con tendencia numérica a crecer cada vez más.

 

No es raro escuchar en voz de algunos adolescentes, y también adultos locales, el decir: “lo que hay que hacer aquí es buscársela como sea. A uno no le queda otro camino que elegir, que el hacer frente de esa forma, a este escenario delictivo que se verifica en los más altos niveles de esta sociedad podrida y corrupta, en la que todo se compra con dinero, o influencia política. Entonces, qué podemos hacer nosotros los de abajo, sin condición económica, como tampoco padrinazgo alguno que nos tienda la mano, o que nos defienda, en cualquier circunstancia; ¡estamos solos, y en olla!

 

“En esta República, todo se le quita al pueblo desde arriba, desconociéndose en realidad el destino final de los dineros recaudados compulsivamente, y  el pueblo no es reciprocado como se debe;  mucho menos, tiene acceso a información alguna sobre el particular, que no sean las retóricas pinceladas de bonanza y falsas promesas a que nos tienen acostumbrados los políticos de nuevo cuño. Luego, la gente no se puede dejar morir de hambre, o por falta de una simple medicina para la salud, que tampoco aparece en los hospitales”.

 

Preciso es destacar antes de proseguir, que no todos los que en este país se tienen como delincuentes o antisociales, en realidad son analfabetos. Hay muchos de ésos que incurren en actos indebidos, en razón de carencias múltiples, como  necesidades de sobrevivencia apremiantes, según alegan, que han recibido suficiente formación académica, y que saben expresarse  con corrección y objetividad.

 

Como consecuencia de esos pareceres, y de otras razones poderosísimas que vienen incidiendo en los flagelos delictivos señalados precedentemente, es obvio entender que, todos los dominicanos, conocedores y conscientes de esa fehaciente realidad nacional – delincuencia y criminalidad por doquier -, debemos contribuir de manera conjunta  para su  erradicación.

 

Por lo que concierne a las alta autoridades del país, no es sólo asunto de actuar sobre la marcha, o a posteriori, como son las medidas extremas de vigilancia dispuestas últimamente;  o, aumentando las penas y castigos en contra de los imputados comprobados y confesos, que son temáticas que en los últimos días han estado sobre el tapete, es definir y reconocer las poderosas causas que se encuentran en la base del problema, para atacarle desde ahí mismo.

 

En ese mismo orden de los aportes generalizados que se requieren para enfrentar y tratar de enmendar tan significativa situación delictiva nacional, cabe señalar con ahínco que hay una parte muy importante que corresponde a la ciudadanía misma, y que consiste en la autoprotección y salvaguarda de la propia vida. ¡No todo puede dejarse al Gobierno, y los funcionarios estatales competentes!

 

En estos precisos momentos de inseguridad ciudadana en que vive la nación, la gente debe privarse, aunque parezca paradójico, ya que todo aquel que puede, ¡puede!, de estar ostentando condición económica suficiente, para no correr riesgos probables, exhibiendo costosas prendas sobre su cuerpo, como los carísimos y modernos celulares, que llaman tanto la atención a los considerados antisociales motorizados, y de a pie, los cuales andan en “sus búsquedas”, obligadas o inducidas.

 

El querer allantar, o aparentar bienestar a través de esos medios, es como estar enseñando queso a los ratones hambrientos, muchas veces de comidas, y hasta de drogas en otras ocasiones. ¡Es una provocación!, en un país donde ya no se puede ni siquiera exhibir en las manos un anillo de graduación.

 

Cualquiera se preguntaría, para qué tiene que andar la gente en las calles de esta degenerada nación ya, con todas esas guindalezas de oro, o con los llamados “teléfonos móviles”, al último guay de la moda, digitando mensajes, quizás con un contenido cargado de sandeces,  personas jóvenes en su mayoría, que deben tener callos en los dedos, en ausencia de cerebro, transitando por plenas vías públicas, o detenidas en otros espacios abiertos de fácil ubicación visual.

 

Ya aquí, los hombre y las mujeres tienen que andar lo menos provocativos posible; sólo portando lo imprescindible para resolver, y presentar, o lucir, con accesorios de poco valor, hasta tanto las condiciones delincuenciales prevalecientes cambien, haya la seguridad requerida.

 

Lamentablemente, se están recogiendo los frutos a granel de las tantas causas sembradas con anterioridad, bajo la pantalla del modernismo; debido a la penetración cultural impuesta, o inducida por los alienados internos; como, de las apetencias grupales y políticas de nuevo cuño. Son razones que se reconocen, y están más que a la vista, pero que no se les quiere enfrentar con voluntad real, o no conviene hacerlo, en su verdadero origen.

 

Mientras tanto, a simular pobreza, aunque los cuartos estén en demasía; o que, continúen aportando el caldo de cultivo del exhibicionismo a la delincuencia y criminalidad que vienen azotando a la sociedad nacional, con cuya ausencia la ciudadanía aportaría bastante a la solución de esos problemas.

 

 

El autor es un humilde servidor, ¡y nada más!

 

 

Rolando Fernández

 

 

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