El gobernar avejenta y deteriora

No cabe duda de que, el asumir la dirección de cualquier país, por pocos problemas que tenga, constituye un gran reto. Es una labor que acarrea innúmeras responsabilidades, y presiones de todo tipo; que puede agenciar, o atraer, a personas afectas y desafectas, pero mayormente las últimas.

 

Hay que tener los nervios de acero, y la paciencia de Job, para que los impactos que se reciban, no hagan diana directa en los aspectos físicos, emocionales y mentales de  los mandatarios electos.

 

Para resultar menos lesionados por el gran quehacer a cargo, lo mejor sería  que, todos cuantos aspiren a tomar las riendas de una nación, lo hagan a una edad cronológica apropiada, y no esperar hasta una madurez vital muy avanzada.

 

Así, los efectos nocivos provenientes del desempeño de la alta posición, en el  caso de alcanzarla, serían menos impactantes, ya que habría una mayor fortaleza para enfrentarlos.

 

Cuando un ciudadano, en el umbral de la tercera edad, logra escalar hasta esa instancia de poder cimera en un Estado cualquiera, salvo casos excepcionales,  de un desapego total hacia las cosas materiales, que sólo le mueva el servir a su patria, aun tenga que invertir una cuantiosa suma de dinero para lograrlo, y sin importarle que pueda ir en contra de su salud física, emocional, mental, etc., se hace objeto de toda loa, aprecio y agradecimiento por parte de sus conciudadanos.

 

Ahora, cuando la actitud no es ésa, sino la de alzarse con el poder para recuperar con creces su inversión, satisfacer aspiraciones,  y deseos temporales finitos, el asunto se torna algo paradójico, toda vez que en realidad,  se estaría transando la salud a cambio de un futuro bienestar económico, que luego no se podrá disfrutar; que si a caso, serían sus familiares, o sus adeptos más allegados, quien lo harían en su lugar. Luego, como que el asunto tiene poco sentido; y por tanto, se haría criticable y hasta reprochable a la vez.

 

Sería todo lo contrario el caso anterior, en que el sacrificio iría en pos de realizar una gran obra para la República a la cual se pertenezca, y todos sus nacionales, aun tenga que ser a costa de la existencia física misma.

 

Luego, se hablaría al final de ese natural, como un prohombre, o prócer a loar siempre, por haberse sacrificado y luchado en favor del país y sus conciudadanos, a manera de altruismo político y patriótico, dejando de lado las ventajas y el bienestar propios, que se derivan de la dirección presidencialista de una  nación.

 

Quedaría en él por supuesto, la satisfacción del deber cumplido: ¡trabajé para todos; nunca para mí sólo, y el grupo de acólitos circundantes!, aunque el envejecimiento prematuro, y el deterioro físico inherente, hicieran banco en la persona nuestra.

 

De ser así, ¡qué bien se habrá de sentir cualquiera luego!

 

El autor es un humilde servidor, ¡y nada más!

 

 

Rolando Fernández

 

 

 

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