¡Peligrosa la soledad!

El hombre nace solo; se va solo, cuando le llega el momento de partir; pero, no puede vivir solo. No vino al mundo para estar apartado de los demás. Toda persona tiene la necesidad de estar con otra durante la corriente de vida que se curse.

 

La soledad que se pueda verificar durante la misma, se torna muy peligrosa emocionalmente.  El espacio que ésta logre ocupar durante la subsistencia humana, jamás podrá ser llenado por los bienes materiales, dinero, muebles, inmuebles, etc.

 

Aunque algo distante la analogía, es una situación que tiene cierto parecido con la condición de la solvencia económica, y la escasez de liquidez.  Se tiene con que hacer dinero, pero en lo inmediato no se dispone de ése para cubrir nada. ¡Existe un vacío que impide actuar, desenvolverse con oportunidad!

 

Hay haberes por tener, aunque de nada se disfruta. Se es víctima de un gran vacío interior, de una enfermedad espiritual que predomina, que se convierte en una retranca para todo.  A veces, las tenencias hasta llegan a convertirse en molestias, en cargas que crean ataduras, que producen incertidumbres, enemistades; y, hasta ponen en peligro la propia existencia física, por las apetencias de familiares,  amigos, y allegados muy cercanos, ávidos de heredar y conseguir posteriori.

 

Son muy variadas las causas que pueden dar origen al estado de soledad, tan ordinario entre la gente, y que pueden inducir a diferentes tipos de actitudes, o comportamientos personales muy impropios, entre los se encuentran mayormente: el alcoholismo, la drogadicción, la bulimia, y hasta la misma abulia en el comer, los desordenes sexuales, lindando con la promiscuidad; y, sobre todo, dos proclividades de alta consideración, la depresión profunda y el suicidio. La “SOLEDAD es una enfermedad silenciosa, invisible, que corroe lo más íntimo del ser”. (José Farid H.), obra: EL LIBRO MÁS ÚTIL DEL MUNDO: LA CIENCIA DE VIVIR).

 

Las razones que con más frecuencia se encuentran en su base son: a) la falta de comprensión, afecto y amor en el seno de las tribus biológicas-sanguíneas que se forman, después del añejamiento cronológico obvio; cuando ya los hijos han partido, para formar tienda aparte como se dice, y éstos a su vez se comportan algo ingratos hacia los progenitores; b) cuando, a pesar del tiempo transcurrido, afloran las comparaciones presente-pasado, y asalta la inconformidad ante la ausencia de lo logrado, en relación con los deseos que prevalecieron, y los proyectos truncados – el sentimiento de la frustración se deja sentir -; ¿para qué los esfuerzos?, lo que provoca la ausencia de metas que induzcan a proseguir luchando; c) el alejamiento de la sociedad, motivado por la desilusiones, los desengaños, la degeneración humana, etc.; d) la vejez y la enfermedad, que convierten en objeto de estorbo a muchos seres ya improductivos; e) las distracciones escasean por completo; y, f) la tensión emocional, que  acosa como el calor en tiempo de verano; al igual que, un aguijón punzante incontrolable.

 

Muchas son las formas a las que se pude recurrir para enfrentar la soledad en el contexto estrictamente humano, pero una de las más efectivas es el procurarse siempre el calor de los demás, que le puede llenar en sus diferentes manifestaciones; y, hasta la actitud cariñosa de algunos animales domésticos que acompañan, avanzados en la escala evolutiva.

 

También en ese orden, el nunca olvidar que, los sentimientos tienen que ser manifestados a quien se interese en ellos, obviamente; que en ocasiones se hace necesario compartir las razones íntimas del corazón que la mente no comprende, en alusión a la frase aquella de Blaise Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”.

 

Finalmente, hay un distinguido autor que señala, “el clima de infelicidad interior es el que nos lleva a la soledad”; y que, “la misma depende de las insatisfacciones del espíritu”. Son pareceres que, en nuestra humilde opinión, muy fáciles de asimilar se tornan, en el marco de la propia esencia humana – espiritual -, desde el cual también se infiere,  la mejor forma para combatir ese mal.

 

Sí, acogernos siempre a las voluntad del YO que albergamos en nuestro interior, aprendiendo a escuchar su voz silente, y reconociendo que es la mejor guía a nuestra disposición; que es en manos de Quien debemos dejar todo problema o circunstancia perturbadora, mortificante, y esperar con fe las respuestas que mayor convengan, no necesariamente, sólo desde el punto de vista de la mente de los hombres.

 

Rolando Fernández

 

 

 

 

 

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