Donde las leyes sólo existen en papeles, ¡todo se puede!

La situación de incertidumbre, desasosiego, desconfianza e inseguridad, en que desde hace ya bastante tiempo vive la sociedad dominicana, a nadie debe extrañarle; pues era algo, que hasta un ciego le veía venir, con poco apuro.

 

Ningún país, en el que sólo rija la politiquería comercializada, la corrupción estatal, y la propensión a la hipoteca de la soberanía nacional, puede salir a camino; y mucho menos, agenciarse la paz y la certidumbre en todos los órdenes, a que aspiran sus ciudadanos.

 

Y es que, con la incidencia tan significativa de esos tres factores altamente lacerantes, el caos, la ilegalidad, la desaprensión, el tráfico y consumo de drogas, el robo, el delinquir como costumbre, al igual que la falta de justicia, en términos de administración y aplicación, siempre estarán presentes.

 

Este es un país, en donde sólo se tienen leyes en abundancia, para adornar libreros y anaqueles.  Muchas, porque  ya resultan obsoletas; otras debido a que son inaplicables ­- dictan bastante de nuestra idiosincrasia y condición como sociedad -. Y, las que eventualmente se manosean con frecuencia, encuentran muy pocos actores aptos y dignos de confianza para su administración y aplicación, ya que en su gran mayoría, están alienados por el sistema de justicia ineficiente y corrompido que se gasta el país.

 

Por la ocurrencia de uno de los más connotados hechos de sangre recientes, que ha conmovido a la ciudadanía, es que ha salido a relucir con vehemencia poco acostumbrada, el gran negocio ilícito que se tiene en el país, con la venta de piezas usadas, provenientes de vehículos robados; llegándose al extremo de, matar a los dueños por encargo, para sustraerles sus automóviles de cualquier marca o modelo, y luego recibir el pago acordado de parte de los mandantes – vendedores de componentes y accesorios -.

 

Pero, sucede y viene a ser, que esa práctica de ofertar piezas robadas y adornos de automóviles, es muy vieja aquí; y, se hace con tanta libertad que, luego de sustraídas, se exhiben públicamente, sin el menor reparo, y ante la vista indiferente de las autoridades policiales, que con frecuencia circulan por los alrededores de los negocios envueltos en la dolosa actividad comercial.

 

Muchos dueños de vehículos incluso, cuando les son robados aditamentos fácilmente desprendibles de los mismos, salen a comprarles por determinados sectores exclusivos de la ciudad, ya conocidos; y en ocasiones, se encuentran hasta con los mismos de su propiedad, que les son ofertados,  y tienen que adquirirlos de de nuevo. Sin embargo, las autoridades no se habían enterado, al parecer de esa práctica, hasta que, según se ha dicho, le tocó el asunto a uno de su sector, y de muy mala manera por cierto.

 

Sólo hay que pasearse por algunas calles y avenidas de la capital, para advertir la proliferación exagerada de ese tipo de negocios; y reparar, en que algo muy turbio se debe mover alrededor de los mismos; que todas esas piezas y suplementos vehiculares que se exhiben no pueden ser importados; que otra cosa tiene que estar moviéndose obligatoriamente.  Claro, como hay refrán muy viejo que dice: “que no hay más ciego, que el que no quiere ver”, es previsible la indeferencia.

 

Eso es algo casi similar, a lo que viene ocurriendo con las tapas metálicas de las alcantarillas callejeras y las verjas de algunos lugares públicos, que se las roban a plena luz del día, dejando abiertos todos aquellos hoyos peligrosísimos para los peatones y vehículos que circulan por sus vías de tráfico,  y las aceras; como, algunas zonas de alto riesgo al descubierto.

 

Luego, ¿cuántos negocios no hay aquí, que venden hierros usados?, y hasta que los exportan Y, ¿quién se interesa en preguntarse y averiguar de dónde se suplen?  Quizás, cuando algún funcionario de alto nivel, o cualquier familiar de estos se accidente en uno de esos hoyos destapados, o áreas descubiertas, de forma desaprensiva a todas luces, se proceda como ahora, a darle publicidad también, y hablar de las medidas correctivas que se imponen.

 

Y es que, como aquí se tiene la percepción de que las leyes, y sus correspondientes mandatos de  aplicación, sólo existen en papeles, y más cuando hay buenos padrinos o canchanchanes políticos en disposición de intervenir, esas normativas merecen poca observación ciudadana.

 

Es por ello que, de seguro dicen los agentes a quienes les corresponde la interdicción y la supervisión en ese orden, que devengan míseros salarios,  que a penas les permite subsistir malamente, ¿y para qué voy a mirar, corriendo riesgos de consideración?  ¡Yo ni la vide!, como se usa en el argot campesino nuestro, y siguen tranquilos por sus caminos.

 

 

Rolando Fernández

 

 

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