Honremos la franqueza

Cuantas cosas se lograrían haciendo honor a la verdad; dejando de lado el lesivo mentir consuetudinario, que tanto afecta a los proclives, aun sea bajo el subterfugio acomodaticio de la llamada “mentira piadosa”.

De hecho, no hay tal “piedad” en esa inclinación, por circunstancial, simple o defensora que parezca; pues siempre resultará dañina para ambos  interlocutores, a pesar de la sutilidad con que se logre adornar lo que se expone, como del momentáneo y aparente triunfo que logre el emisor, propiamente.

Decía Mahatma Gandhi que, “El amor y la verdad son dos caras de la misma moneda”.  Luego, la piedad denota compasión; y ésta a su vez, es obvio que tiene visos de amor incondicional, inherentes a aquella  dignificante realidad compartida.  Por tanto, cuando se deshonra la verdad, no es cierto que se pueda hablar de condición piadosa alguna.   Eso es sólo un decir convencional y justificativo.

La verdad siempre habrá de flotar, cual aceite sobre el agua. Y, cuando eso ocurra, salpicará sin duda alguna a los que le hayan sumergido o soterrado, con las gotas repelentes del lastre de la desconfianza, que marca de manera indefinida a los infractores de la esa “sublime e inexorable ley”, que después cobra, o pasa factura en su momento.

Las falsedades a las que se recurre muchas veces, para justificar incumplimientos de cualquier género; encubrir actos dolosos;  apañar actitudes desaprensivas; o, simplemente engañar a los demás, son como los enemigos, para quienes las reciben, que nunca los hay pequeños, y que se pueden combatir con frecuencia; pues, son detectables  con facilidad. 

Lo mismo ocurre con las patrañas súbitas o premeditadas, que a través de la mera habilidad intuitiva que se haya logrado desarrollar, y que se aplique durante el proceso de interacción personal energética, al compartir con otros,  se logran advertir con un mínimo esfuerzo, ya que las energías humanas, tanto en el emisor, como el receptor actuante, “no saben mentir”; y, se pueden comunicar entre sí.  De ahí, entendemos, el sabio refrán aquel que reza, más o menos, así, “tonto es aquel, que se cree que el otro es tonto”.

En tal sentido,  la doctora Caroline Myss, en su valiosa obra “La Anatomía del Espíritu”, al referirse al campo energético que rodea a todos los seres humanos, sujeto a lecturas intuitivas, señala, “Si, por ejemplo, decimos una mentira, en la mayoría de los casos nuestro campo energético le comunicará a la otra persona la <realidad energética> de que no estamos diciendo la verdad.  La energía no miente; no sabe mentir”.

Evidentemente, el concepto de verdad a que nos hemos venido refiriendo, es aquel relativo a la llamada realidad “monda y lironda”, sobre los hechos y circunstancias que se pueden  producir en el quehacer cotidiano y las interacciones de carácter humano, que se dan por diversas razones.

Resulta pertinente incluir entonces aquí, la aclaración debida, ya que hay otro tipo de verdad, relacionada con una materia muy distinta, y de mucho mayor importancia, en el orden propio de las cosas divinas, que es imposible expresar a través de palabras. Es aquella Verdad que sólo puede ser conocida por medio de las vivencias individuales; “de una auténtica realización personal”.  La misma de que hablara el amado Maestro Jesús, cuando dijera, “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. (Juan, 8:32).

Claro, que se advierte cierta analogía entre ambas verdades, respecto de la libertad de que pueden disfrutar los seres humanos, a nivel del plano físico exclusivamente, cuando no se carga interiormente con el peso de la cruz de la mentira, y la afrenta con que marca  la desconfianza que se genera.

Independientemente de la Magna Verdad Divina a que hicimos alusión, la verdad en la interacción mundanal, como podría denominase, sin entrar en conceptualizaciones filosóficas de lo  convencional y lo absoluto, respecto de lo que se dice, o frase alguna; refiriéndonos sólo al expresar siempre con franqueza meridiana lo que debe ser;  la realidad de las cosas; sin reparar nunca en lo adverso, o efectos   particularizados  que se puedan derivar, es uno de los actos más dignos, como loables; y,  el arma que mejores frutos proporciona, aun no sea en lo inmediato. El ser veraz, constituye una impronta personal imborrable, y siempre meritoria; contraria totalmente, a la acción de mentir.

Dos refranes muy significativos, cuyos autores desconocemos, podrían avalar esa opinión: “La mentira no vive larga vida”. “La verdad permanece; la mentira, perece”.

Seamos francos pues; que el mentir, muy  poco bueno paga, si es que lo hace alguna vez.

 Rolando Fernández

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